15-01-16

15 Jul

Ayer escribía sobre Francia, malamente, diciendo demasiadas cosas con demasiadas palabras sin expresarme con la precisión de bisturí que pretendía. Me suele ocurrir. Hoy, asistimos todos al recuento de muertos y heridos, mutilados, lesionados en estado crítico: un terrorista condujo un camión a 90 kilómetros por hora a lo largo del Paseo de los Ingleses de Niza, que estaba atestado de personas que disfrutaban de la agradable velada mediterránea del 14 de julio, con la intención de matar, herir y dañar a todas las que le fuesen posible. Me siento pequeño y aplastado por una inmensidad hecha de muerte y plomo. Lo peor es la impotencia de asistir a todo esto desde mi habitación, en un pueblo de Cádiz, donde realmente no puedo servir para nada a pesar de tener acceso a fuentes de información de primerísima calidad gracias a Internet. Pero, ¿de qué vale estar informado, saber el por qué del crimen, de todos los crímenes? ¿Me serviría eso, conocer los nombres de todos los asesinos de París, de Niza, de Bruselas, de Madrid, de Bagdad, de Bali, para, llegado el momento, librarme de ser asesinado yo también en una circunstancia semejante?

No, por supuesto que no. Hace poco leí El Sitio de Sebastopol, donde Tolstoi hace una crónica, más que un relato literario. Describe algo que no se me olvida: la sensación de irrealidad de los soldados rusos que los protagonistas se iban encontrando en el camino hacia sus lugares en el frente de batalla. La ingravidez metafísica de unos hombres que no saben cuáles son las dimensiones reales, específicas, exactas, de las fuerzas sobrehumanas que condicionan sus vidas hasta el punto de situarlos en calles devastadas por las bombas del enemigo. Habían convivido con la muerte durante tanto tiempo, todos los días, a todas horas, que la interpelaban con la naturalidad con la que uno se dirige a un familiar, a un amigo, a la mujer que ama. No sentían, se había borrado el futuro, el pasado era de una sustancia opaca y gris, y el presente, soleado y lleno de humo, se circunscribía al horizonte que los rodeaba y en donde sólo había cigarrillos, risotadas, bromas macabras, vodka y muertos. Nada de ideas abstractas, aspiraciones, órdenes o jerarquías. Yo no soy un soldado aunque esto sí sea una guerra, la del hiperterrorismo. Probablemente no vaya a morir nunca en un atentado, y así lo espero pues amo esta vida con fervor, es la única que tengo. Pero percibo con nitidez una cosa: aunque el daño material del terrorismo es limitado en comparación con otros precipicios que pueden succionarle a uno en dirección a la nada tranquilamente, en cualquier momento, también es cierto que el hecho de que uno se encuentre en una estación de tren determinada, en un aeropuerto o centro comercial determinado, en una terraza o en un estadio de fútbol determinado, un día determinado a una hora determinada, depende exclusivamente de un riguroso cálculo de probabilidades.

Las fuerzas de un hombre solo no bastan para cambiar siquiera la cadena de microcausalidades que dan lugar a ese cálculo, del que uno sólo es espectador y partícipe involuntario, pasivo, al final justamente del proceso. Esa sensación de no controlar nada, creo, aunque al principio sea frustrante, por contraintuitiva (pues choca contra el sentido general de la educación que hemos recibido, “tu destino depende sólo de ti”) puede llegar a tener, una vez asumida convenientemente -torturadoramente, diría yo- una potencia libertadora sin igual para el individuo. Esto es lo único que se me ocurre decir hoy, cuando aún se cuentan los muertos en la ciudad de Garibaldi.

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