25-07-16

25 Jul

El otro día, paseando, pensé en una frase que, aplicada a mi vida, podría ser el comienzo de una novela basada en la vida de uno de esos parias sociales que llevan naciendo en provincias desde hace casi veinte años: “Sentía que este pueblo le sustraía la energía, la vida.” Se tiene en mucha estima, en nuestro tiempo, la noción de “estar seguro de uno mismo”. Es fama que los que no tienen dudas y desde muy jóvenes saben qué quieren y qué no, gozan del aplauso general. Son envidiados. Es una mala época para el matiz, la oscilación y la duda, aunque me pregunto si alguna vez hubo época buena para todo eso. Debe ser tan reconfortante conocer de antemano, y desde el principio, cuál es tu posición en el mundo, que me figuro a esa gente como las vacas que pastan en los prados, tan conscientes de su bovino papel en la inmensidad cósmica que habitamos.

Hay una frase de Tolstoi en Resurrección que la encuentro maravillosa descripción de la vida en Chipiona, Cádiz, y en todas las Chipiona, Cádiz, que debe haber en España y el mundo: “¡Todo estaba tan limpio, tan cómodo, tan bien arreglado! Y lo más importante era que la gente exigía tan poco desde el punto de vista moral, que la vida parecía muy fácil”. Quitando lo primero, lo de que todo estaba limpio y bien arreglado, recordé esto el otro día. Niza contaba sus muertos, el terrorismo yihadista golpeaba en Alemania, en Turquía se daba un golpe de Estado, y a mi alrededor había quien lloraba porque la burocracia impedía salir al mar a la Virgen del Carmen. Entiendo que todo se ajusta a la tesis del kilómetro sentimental, y de que si nos hacemos cargo de todo el dolor del mundo, no podríamos vivir. Pero es tan apabullante, a veces, la sensación de morar en un manicomio sin rejas.

Me encuentro hoy, en Una novela rusa, con esto que cuenta Carrère: “Mi amigo Pável me cuenta una historia judía. Abraham suplica a Yavé: ¡Yavé, Yavé, me gustaría tanto ganar un día la lotería! Te lo suplico, Yavé, te lo imploro, te lo pido desde hace tanto tiempo, concédemelo, una sola vez, y no volveré a pedirte nada. Yavé, haz que gane la lotería. Llora, se arrodilla, se retuerce las manos. Al final Yavé sale de la nube y dice: Abraham, te he oído y quiero complacerte. Pero te ruego que me des una oportunidad. Por una vez en la vida, una sola vez, ¡cómprate un décimo!” Resulta que hay un chiste muy popular en la Baja Andalucía, que conoce casi todo el mundo, sobre todo los mayores de 30 años, que reza más o menos así: un hombre va todos los días a la basílica del Gran Poder a pedirle por favor que le conceda, como al judío, ganar la lotería. Es tan terco el fulano, que un día el Gran Poder, cansado, le suelta con retranca: para que te toque, miarma, echa alguna vez. Y es curioso cómo, igual que con la Virgen del Carmen (reinterpretación cristiana de la Estrella de los Mares de la Antigüedad, Sirio, venerada bajo una de las advocaciones de Isis por los marineros, de gran predicamento en la Hispania romana) vivimos en un mundo cuasi finito donde las historias no hacen más que reciclarse. Una y otra vez, ad aeternum, adoptando nuevos ropajes según el tiempo y las corrientes dominantes, pero siempre con la misma esencia subyaciente, la misma exégesis del mismo cuento. No veo, como aspirante a creador de historias, campo más fértil para la producción de mitos ex novo que la llamada Tercera Cultura. Sin embargo, ¿es malo contarnos siempre a nosotros mismos con los mismos elementos narrativos? No estoy seguro de eso, ni de prácticamente nada, porque yo no pertenezco a esa estirpe de tontos que no dudan y que siempre terminan heredando el mundo.

 

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