Estaciones: el Prado

27 Jul

Hacía mucho tiempo que quería escribir sobre la estaciones de mi vida. Por puro placer descriptivo y estético. Por recordar e intentar definir lo que siento cada vez que estoy en una, esa mezcla de angustia, incertidumbre, aprensión y curiosidad. Naturalmente, para empezar esta serie tenía que decidirme por una estación de autobuses; a lo largo de mis veintiocho años, es el medio de transporte en el que he pasado más tiempo. El medio que más nivela, socialmente y desde luego, un peldaño por debajo de la tumba y de la enfermedad: sólo los muy ricos pueden escapar durante su vida de montarse en un autobús.

Y naturalmente tengo que empezar por la estación que mis pies más han gastado, que es la del Prado de San Sebastián, aunque todo el mundo en Sevilla la conozca simplemente, como El Prado.

En Sevilla hay dos estaciones de autobuses. Una, Plaza de Armas, es la que conecta la metrópoli con las pequeñas colonias de su espacio vital cercano: el Aljarafe y Huelva, principalmente. También es de donde salen los autobuses que llevan de Sevilla al mundo: Madrid, Barcelona, Lisboa, el norte, el extranjero. Es la terminal moderna, equipada, de dos plantas, a través de la cual la Ciudad le habla a su patio trasero al mismo tiempo que interpreta ese lenguaje extraño y difícil con el resto del planeta; como todo el mundo sabe, el resto del planeta es todo aquello que comienza desde el punto geográfico exacto desde donde deja de verse la Giralda.

El Prado es la otra, la que sale en la esquina más escondida de las guías turísticas. La vieja, de una sola planta, a dos minutos de los Jardines de Murillo y los Alcázares pero oculta  por el bloque pardo y feo, administrativo, de los juzgados: casi siempre se ve la fachada blanca y pequeña de la estación como telón de fondo de esas piezas de telediario que muestran a la jueza Alaya arrastrando su trolley asediada por los periodistas.

Del Prado salen los autobuses regulares que van hacia toda la provincia de Cádiz, a los pueblos sevillanos del valle del Guadalquivir, a la Costa del Sol y, probablemente, también hacia la Laguna Estigia. Durante cinco años llegué y salí de Sevilla, más o menos, dos veces por semana. Los lunes, al mediodía. Los viernes, en el último autobús de Los Amarillos, o en el penúltimo. Esta rutina, a veces desalentadora, a veces excitante, casi siempre aburrida, me permitió conocer todo tipo de situaciones extravagantes acerca del funcionamiento real de eso que, en los libros, se llama la cohesión de los territorios por medio de las vías de comunicación.

A menudo, mi autobús era el amarillo de línea, como lo conoce todo el mundo: salía de Chipiona, o de Sevilla, y paraba en todos los pueblos que jalonan el bajo Guadalquivir: Sanlúcar, Trebujena, Lebrija, Las Cabezas, Los Palacios, Dos Hermanas. Pueblos que son todos iguales, caseríos blancos desparramados sobre llanuras de arena hervidas por el sol, atravesados por la carretera, única ruta de escape para una vida en esos sitios que yo imaginaba, y aún hoy imagino, terrible, dolorosa: semejante a como Carrère describía la ciudad rusa de Kotelnich en Una novela rusa. Agujeros no se puede vivir, y sin embargo, se vive.

Al llegar al Prado siempre tenía la sensación, maravillosa y efímera, de atracar en un puerto de las Indias españolas: la ciudad, la urbe donde estudiaba, donde estaban mis amigos, donde ocurrían cosas, donde habitaba la belleza. Donde el futuro era una posibilidad, algo que podía tocar.

La primera particularidad del Prado, es que al bajar del autobús uno está en el patio grande de un bloque de pisos. Esto es así, no es ficción: supongo que primero levantaron la estación, y luego, como abrazando el patio de cocheras, pusieron los pisos. Siempre imaginé a la gente que vivía en ellos como mutantes genéticamente preparados para soportar la emanación continua de los gases de los autobuses. El caso es que siempre había ropa tendida en los alféizares de las ventanas, y la ropa siempre estaba blanca.

En los países donde las estructuras del Estado han ido creciendo a la manera de los tumores, solapando la actividad vital de la población sin establecer con ella más que una relación parasitaria de dependencia y sometimiento, ocurren cosas así: no hay más que ver los documentales de la 2, sobre la India, Bangladesh, las imágenes del Ganges, la gente bañándose o purificándose entre los muertos que flotan, el caos del tráfico. Creo que algo parecido ocurre en Andalucía, que es Europa ma non troppo. A pesar de todo, cuanto más hablo con mis padres sobre cómo se vivía aquí hace treinta años, más me consuelo: la civilización extiende, lenta pero inexorable, su profilaxis.

El Prado tiene un vestíbulo grande y rectangular, oscuro incluso en las horas centrales del día, en cuyos laterales se distribuyen las taquillas de las compañías de transporte. Que reine aquí la oscuridad dice mucho del sitio, estando como está, en Sevilla, territorio gobernado despóticamente por la luz y el resplandor. Este vestíbulo está decorado con pinturas muy feas, que me recuerdan a las del Zócalo de México DF, si no fuera por el estilo burdo e infantil en el que están hechas. Aunque nunca pillé del todo su metalenguaje, me pareció advertir cierta alegoría patriótica en las escenas, que parecían recrear temas de la Conquista de América. La fecha, 1940, y la factura general del edificio, me confirman la impresión pegajosa, que lleva adherida a mi piel toda la vida, de que es un lugar tétrico cargado de maleficios de postguerra. Un templo de la tristeza y la melancolía.

De universitario, manejaba el dinero justo para comer, beber y volver a casa. A veces podía comprarme un libro; otras, zapatos, ropa, haciendo un esfuerzo, apuntes en formato legajo que no servían para nada. Siempre reservaba los últimos diez euros para el billete de regreso a Chipiona: 7 euros, 7,50, 8. Una vez, me sobraron dos euros y medio. Un fulano se me acerca, me cuenta que lo han soltado para el fin de semana, que tiene que volver a la cárcel, que le faltan cinco euros para el billete, que tiene dos hijos, que está divorciado, que menuda desgracia si no llega a tiempo. Con la ingenuidad de los años, se lo di todo. Jamás olvidaré la expresión de asco del compadre, mirándome con desprecio mientras agarraba la chatarra: ¿esto me vas a dar? No pude replicar: me puse colorado, abrí la boca y él se dio media vuelta, buscando otro imbécil al que chantajear emocionalmente.

Quizá estuviera de resaca, que es el momento en que mi sensibilidad se dispara. Desde entonces no le doy dinero a ningún pedigüeño. En el Prado había muchos, siempre hay. Del vestíbulo, un arco conduce a la galería de la cochera. Un pasillo por el medio, como los que hay en los pantalanes de los muelles, protegido por una bóveda de plástico, uralita o metal, nunca me fijé bien, atraviesa la cochera. A ambos lados, los andenes, sobre los cuales se arremolina la masa humana que grita y aúlla cuando llega tarde; que se arrebuja, empuja y codea cuando en vez de dos amarillos, hay cuatro, y en el billete no se especifica cuál es el tuyo, y tienes que preguntarle chillando al chófer, que normalmente llega tarde, hastiado, sudoroso, con la cara desencajada, jurando en arameo y pidiendo un tiempo muerto al personal.

No hay, huelga decirlo, letrero electrónico por ninguna parte. Ni electrónico, ni de ningún tipo. Los andenes están señalados por números, como los que se pintan en la fachada de las casas, o se colocan en un azulejo, para indicarle la dirección al cartero. El arco de ladrillo que los autobuses han de atravesar para salir o entrar de la estación, es tan bajo, dado que por encima, crecen las setas de las viviendas, que por la época en la que yo frecuentaba el sitio, un desconchón terrible, ladrillo en carne viva, cicatriz en el lomo del león, decía a todo el que quisiera leerlo, que allí se había trompado más de un autobús.

Hemingway decía que los trenes en España, cuando él venía en los años 20, nunca salían a la hora prevista. En el Prado ocurre lo mismo con los autobuses. El Prado es una terminal de pobres: flota el desarraigo, es el lugar de carga y descarga de toda la gente que acude a Sevilla resolviendo una necesidad vital, pero que no duerme lo suficientemente cerca de ella como para poder moverse rápida y cómodamente entre su casa y la ciudad. El Prado es el sitio del que no puede pagarse otra cosa mejor. Está sucia, aunque siempre hay limpiadoras en ella. Una pareja de policías nacionales hace la ronda eterna. No hay demasiados negros, ni moros, ni chinos, porque las partes del mundo que el Prado conecta con Sevilla no son lugares frecuentados por quienes vienen a España buscando la prosperidad. Por decirlo de otro modo: el Prado es la cloaca que conecta Roma con los suburbios.

Pero hay un reloj. Grande, redondo, de metal verde, cuya esfera de cristal encierra manillas negras, clásicas, un gesto elegante, casi británico, que parece sobrar ahí, que no parece en su sitio. Como si la fealdad pequeñoburguesa, cuasiproletaria, de la concurrencia, contrastase vivamente con un símbolo tan riguroso de la exactitud y limpieza de la civilización.

El trasiego es constante, en invierno y en verano. El aire que flota en ella es un marasmo que se parece al spleen. El suelo es de un mármol extraño, frío, que lo impregna todo de más frialdad, de una frialdad que rebota en las paredes de colores también fríos, y que fabrica una atmósfera turbia y opaca que no es acogedora. Algunos de los mejores atardeceres, en el sentido poético, herrumbroso, que he vivido nunca, han sido aquí: cansado, triste, junto a personas que volvían a casa, personas calladas y mustias y conductores exhaustos que sólo aspiraban encontrar en su casa al terminar un cigarro, un poco de whisky, una tortilla fría y dormir cinco horas.

El Prado es un sitio de antihéroes, es prosa, en una ciudad desmesurada que se escribe a sí misma en un lenguaje místico y tragicómico. El Prado es mi estación. Hay kioscos de prensa, últimamente pusieron un bar. La taquillera que me atendía casi siempre, de Los Amarillos, era una choni turgente, rubia de bote, mohína, que no sonreía jamás, que me vendía el billete sin mirarme a la cara, tecleando en el móvil, probablemente hablando con tres tíos a la vez, pero estaba buenísima y yo siempre miraba hacia su taquilla cuando, volviendo de Chipiona, arrastraba mis macutos dispuesto a meterme de lleno en el estómago de la ballena.

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