12-08-16

12 Ago

Leyendo un pasaje de la Historia de Alejandro Magno, de Quinto Curcio, me he acordado de las paráfrasis cuya intención es explicar el mundo añadiendo confusión y ruido, es decir, caricaturizándolo todo; eso tan de moda  en políticos y periodistas de España y de fuera a colación de los problemas que la complejidad de las cosas, biocenosis en perenne combate, hacen aflorar en los tiempos actuales. Me refiero a la tendencia de los individuos a simple vista maduros, incluso educados, formados hasta, qué sé yo, la Universidad, y más allá; la tendencia, digo, a creer que las cosas ocurren por oscuras combinaciones de intereses predeterminados y conspiraciones más o menos ocultas cuyo rastro es posible seguir en vídeos de YouTube y páginas en las alcantarillas de Internet. El otro día, sin ir más lejos, hace tres o cuatro sábados por la noche, un tipo me hablaba con una cierta e irritante displicencia, como compadeciéndose de mí por no saber, o no querer saber, pobre y crédulo, que el 11S fue un inside job.

“Alejandro paró aquí dos días y ordenó que se anunciase la partida para el día siguiente. A prima noche, sin embargo, la Luna, eclipsándose, empezó por ocultar la claridad de su disco. Después, una especie de nube de sangre enturbió su resplandor. Inquietos ya por la inminencia de un acontecimiento tan decisivo, los macedonios se sintieron invadidos por una gran superstición y después por un pavor extraordinario. Contra la voluntad de los dioses, decían ellos, lamentándose, se veían arrastrados a los confines de la tierra: ya ni los ríos eran transitables ni los astros conservaban su primitiva claridad; por doquier encontraban tierras desoladas y desiertas…¡La sangre de tantos miles de hombres para satisfacer la vanidad de uno solo! …¡Un hombre que aborrecía su patria, que renegaba de su padre Filipo y que en sus vanas meditaciones pretendía el cielo! Ya iba a estallar una sedición cuando Alejandro, impávido ante todos los peligros, ordena a los generales y jefes de su ejército que comparezcan en su tienda y entonces a los sacerdotes egipcios, a los que juzgaba sapientísimos en el conocimiento del cielo y de los astros, les invitó a que dieran su opinión. Éstos sabían muy bien que en el curso periódico de los tiempos se cumplían una serie de revoluciones y que la Luna se eclipsa cuando pasa por detrás de la Tierra o bien cuando la tapa el Sol; pero la razón, preconcebida por ellos, no la revelan al vulgo. Antes bien, dicen que el Sol es el astro de los griegos y la Luna la de los persas y de esta forma, cada vez que ésta se eclipsa, es para los persas un presagio de estrago y de ruina; aportan antiguos ejemplos de los reyes de Persia a los que el eclipse de Luna anunció que luchaban contra divinidades adversas. Nada hay que gobierne más eficazmente a la multitud que la superstición; en cualquier ocasión desenfrenada, cruel, versátil, en cuanto es dominada por una vana religión, obedece a los sacerdotes más dócilmente que a sus jefes. Así, pues, divulgada la respuesta de los egipcios, vuelve a renacer la esperanza y la fe en los espíritus abatidos. El rey, viendo que había que aprovechar el impulso de los ánimos, levantó el campo a la segunda vela de aquella misma noche.”

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