Tolstoi, el patriarca

18 Ago

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En 1928, Stefan Zweig pasó dos semanas en Rusia, descritas luego en su Viaje a Rusia. Visitó Yásnaia Poliana, la hacienda de Tula, en la Rusia europea, donde nació y murió Tolstoi, y donde el gran hombre yace “en un claro del bosque”, como dejó escrito. Zweig describió su tumba como lo más grandioso e impresionante que había visto en Rusia. Abrumado por la “suprema sencillez” del lugar y del túmulo (“Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción, y ni siquiera el nombre: “Tolstoi”. El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad”), Zweig sintió conmovida hasta la última fibra de su cuerpo por un sepulcro tan venerable y austero: el descanso de Tolstoi, dijo, no está protegido por nada más que el respeto de los hombres.

La muerte fue, en efecto, uno de los nudos gordianos de Tolstoi durante toda su vida. Así lo refleja su obra, cargada de reflexiones acerca de la postrera sombra; la muerte es una de las corrientes telúricas que atraviesan Guerra y paz, Anna Karenina, Resurrección, Sonata a Kreutzer, Los Cosacos o sus lúgubres frescos de la guerra en Sebastopol. Es una de las constantes en la alta literatura, en la gran literatura: la obsesión por el final, la fascinación por el misterio que encierra el acto último y definitivo de la vida de los hombres, un sortilegio de una enormidad bíblica. Tolstoi, nacido noble, rico todos y cada uno de los días de su vida, tan rico y tan noble que terminó por darse asco -como testimonia la huida disparatada del anciano, que terminó en una estación de tren, por supuesto, no podía ser de otra forma- quiso que su cuerpo, lo que quedase de él, reposara para siempre en la anónima sencillez del silencio. En una comunión perpetua con la naturaleza, como el príncipe Bolkonsky, trasunto de sí mismo, sintió antes de desvanecerse mirando al cielo, arrebujado entre cadáveres, en el campo de batalla de Austerlitz.

Otra de las obsesiones del primus inter pares de la literatura rusa (título compartido con Dovstoievski), fue el matrimonio. Es decir, no la institución humana, material y corrompible -como en efecto la creía, corrompida y putrefacta- , sino la divina: la unión sagrada entre las dos almas, la del hombre y la mujer, la del que ama y la del que es amado. La aspiración a esa simbiosis perfecta, y por tanto, utópica, tan alejada de la realidad que él mismo hubo de padecer, y la conciencia de su propia incapacidad para acceder a algo tan inmaculado y venerable, le atormentó durante sus últimas décadas. Anna Karenina no es más que un monumento a la más terrible tortura psicológica que sufrió el escritor, espita a través de la cual, en su carne, se colaron los demonios que le alejaron de Dios, de los hombres, de la felicidad.

Quizá sea Sonata a Kreutzer, libro que su misma esposa reconoció en exceso autobiográfico, el bufido más rotundo de Tolstoi hacia el mundo. Pero toda su obra es el reconocimiento de una frustración, la expresión de una queja y la manifestación de un ideal: el mundo, emponzoñado por la avaricia, el egoísmo y la vanidad de la especie humana, es un lugar terrible que, sin embargo, puede ser bueno, puede ser agradable, y puede ser cálido, con la mediación única de la piedad. Del amor, en una palabra, identificado por Tolstoi como el amor de Cristo, mensaje del que los exégetas de Dios en la Tierra se habían alejado tanto. Tolstoi refuta el sistema social vigente, la convención, el estado de las cosas: estado que a él lo ha hecho rico por el mérito exclusivo del nacimiento, igual que a muchos de sus prójimos, pobres y miserables.

Le hace decir al protagonista de esta novela crepuscular, cargada de ira y resentimiento contra el status quo del mundo en el que vivió siempre, el Gran Mundo, de bailes y soirées, de falsedad y oquedades:

“Lo que nosotros, los hombres, ignoramos porque no queremos saberlo, las mujeres lo saben muy bien; es decir, que el sentimiento elevado y poético que llamamos amor no depende de las cualidades morales, sino de la intimidad física y, además, de los peinados, del color y del corte de un vestido. Pregunte a una mujer coqueta y experimentada cuál de los dos riesgos preferiría correr: que la acusen en presencia del hombre que quiere conquistar, de una mentira, de una crueldad o de una depravación, o aparecer ante él con un vestido feo y mal cortado: sin duda alguna, elegirá lo primero. Una mujer coqueta sabe perfectamente que todos los hombres mienten al hablar de sus nobles sentimientos y que lo único que necesitan es la carne, y que por tanto, le perdonaría cualquier vileza, pero no un vestido feo y mal cortado”.

Si los romanos diferenciaban entre la religio, oficial, institucional y política, y la superstitio, popular y extravagante, Tolstoi, probablemente, terminó por abrazarse a la última: al panteísmo de los mujiks, al misticismo libertario del protosocialismo. Acabó por convertir Yásnaia Poliana en una escuela-granja para niños a la que incluso dedicó libritos llenos de cuentos. Se puede rastrear la evolución el perfil contradictorio de Tolstoi siguiendo las huellas de los personajes principales de sus novelas y relatos: la cándida despreocupación del pequeño de los hermanos Kaluguin al llegar, arrogante y bravucón como buen miles gloriosus, al sitio de Sebastopol; la primera crisis del aristócrata que busca en la milicia y en las lejanas comunidades cosacas del río Térek la “suprema sencillez” del mundo, y sólo encuentra, por lo demás, la misma incomprensión que en la jet petersburguesa; el bonapartismo apasionado del joven heredero Pierre Bezujov, epatador de sus propios compañeros de linaje, esgrimista de salón; la mirada glauca de Bolkonsky, su íntima desolación al comprobar que, en medio de una enfermería de campaña junto a los Altos del Pratzen, comparte un lugar en la cola de espera de la carnicería humana junto a su rival por los amores fatuos de “la sociedad”; el padre Sergio y su cólera antropófaga, primer gran coletazo de la turbulencia que devastaría al anciano escritor.

En Resurrección, la tercera de sus cumbres, la menos conocida, se desarrolla una extensa teoría de la redención: la conclusión que el lector entresaca, al final, es que es imposible recuperar todo el agua derramada por el suelo cuando uno rompe una vasija. Puede que a eso mismo llegase Tolstoi, y se sintiera como una mosca incapaz de atravesar un cristal, por más que lo golpee. La crítica a los tipos humanos que siempre rodearon a Tolstoi, sus iguales por nacimiento y condición, es un tropo habitual en su literatura: “Las principales cualidades de Iván Mijailovich, las que le habían valido su posición, consentían primeramente en que sabía comprender el sentido de las leyes y de los documentos y redactar estos últimos sin faltas de ortografía, aunque no los hiciera con demasiada ilación; segundo, en que tenía buena presencia y cuando era preciso sabía adoptar un aire de orgullo e incluso de inaccesibilidad y grandeza, aunque también podía mostrarse servil hasta llegar a la infamia si llegaba el caso, y tercero, en que carecía de principios morales, tanto para su vida privada como en lo que se refería a los asuntos de Estado, lo cual le permitía estar de acuerdo o no con los demás, según conviniese. Procediendo de este modo, procuraba no sólo mantener cierta dignidad y no incurrir en una contradicción demasiado evidente. Le daba igual que sus actos fuesen morales o inmorales y si tendrían por resultado un gran bien o iban a ser nocivos para el imperio ruso y el mundo entero. Cuando ocupó el cargo de ministro, no sólo sus subordinados (que eran muchos) y sus familiares, sino también él mismo y los extraños estaban persuadidos de que era un hombre de Estado muy inteligente. Pero cuando pasó cierto tiempo y se vio que no había arreglado nada ni había mostrado dotes especiales, y cuando, por la ley de la lucha por la existencia, fue desplazado por otros hombres de buena presencia y sin principios, que habían aprendido a comprender y redactar documentos, todos se convencieron de que no se trataba de un ser dotado de una gran inteligencia especial ni de grandes ideas. Era limitado e inculto, aunque seguro de sí mismo, y sus opiniones estaban al nivel de las de los artículos de fondo de los periódicos conservadores más triviales”.

La Rusia administrativa, la Rusia del poder, que Tolstoi describe, es una Rusia circunscrita al circuito petersburgués y moscovita; una Rusia sobrecargada de funcionarios, elegidos todos por afinidad familiar, adulación, recomendación, cortesía o correspondencia dinástica. Una Rusia endogámica y exclusiva, de hombres borrachos, ludópatas, infieles, promiscuos y endeudados hasta el final de los días. De mujeres insatisfechas, infelices, impedido para ellas el camino hacia cualquier actividad profesional o intelectual; mujeres que no eran sino objetos carísimos de ornamentación, matriarcas y tejedoras de intrigas de gineceo en el mejor de los casos, y agentes de reproducción, promoción y difusión de un sistema de valores profundamente sesgado, amparado por la religión oficial y la estructura ética tradicional de las sociedades conservadoras, herméticas, abiertas al exterior sólo en lo epidérmico: en las modas, en las maneras, en el gusto, pero jamás en las ideas. Una sociedad que, como bien se ve en Guerra y Paz, desprecia en lo vivo a Napoleón y la esencia de la Revolución francesa mientras pone dicretamente dinero -el menos posible- para reclutar batallones de campesinos que luchen contra el ogro francés por ellos, mientras ellos huyen al campo, a seguir parloteando en exquisito francés de salón, ignorando plácidamente el resquebrajamiento del mundo a su alrededor, el ocaso de su propia forma de vida.

“¡Vanidad, vanidad, y sólo vanidad!”, se lamenta uno de sus personajes en los extraordinarios relatos escritos a partir de sus propios recuerdos de la guerra entre rusos y franceses y británicos en Crimea, en 1855. “¡Hasta junto al ataúd y entre gentes prontas a morir por una idea elevada! ¿No será la vanidad el rastro característico, la enfermedad que distingue al siglo actual? ¿Por qué no existen en nuestros días más que tres clases de hombres: unos que aceptan la vanidad como un hecho existente, necesario, y por consecuencia justo, y que se someten a él libremente; otros que la consideran como elemento nefasto, pero imposible de destruir; y los últimos que obran bajo su influencia con inconsciente servilismo? ¿Por qué los Homero y los Shakespeare hablan de amor, de gloria y de sufrimientos, mientras que la literatura de nuestro siglo no es más que una interminable historia del snobismo y la vanidad?”

El quejido por la podredumbre del mundo que late bajo la capa de belleza y maestría en la narrativa de Tolstoi, encuentra un opuesto formidable: todo ese andamiaje de amoralidad y hastío se desbarata al entrar en contacto con esos momentos sublimes, pero efímeros, en los que el hombres se para y mira a los ojos de lo sagrado. Cuando Karenin, el cornudo y burlado Karenin, es llamado junto al lecho de muerte de Anna, y él, que la detesta por la herida profunda que le ha asestado liándose con Vronski, de súbito la perdona, la consuela, la ama. Cuando los Kaluguin marchan entre el humo y la ceniza, frente al Mar Negro, a taponar la brecha por la que se están colando los franceses en Sebastopol; cuando Pierre mira, los ojos preñados de lágrimas, al cielo de Moscú, sentado en el trineo que lo conduce por sus calles, y ve el cometa deslizándose, con su vientre lleno de buenos presagios, de presagios de piedad, por el cielo de Rusia; cuando entramos dentro de la cadena infinita de presos que marchan andando a Siberia, junto con Nejliudov, análoga cuerda de infelices a la de Los Miserables o El Quijote, o cuando Lyovin asiste a la increíblemente agónica muerte de su hermano.

Son momentos fugacísimos pero terribles, de una terribilitá buonarrotista, en lo que el hombre, despojado de todos los artificios del mundo, se encuentra con Dios, lo que Tolstoi identificaba con la deidad: mira a la cara a la muerte, que es la vida, que es una misma cosa, etérea e indescifrable, y comprende que no es nada, polvo de estrellas como dice Sagan, comprende que ninguno de sus fútiles esfuerzos será jamás nada más que ruido y furia, polvo que se lleva el viento de la eternidad sin que en la tierra quede rastro alguno de todo ello.

“Desde el momento en que Lyovin, en presencia de su hermano moribundo, hizo frente por primera vez a las cuestiones de la vida y la muerte a la luz de lo que él llamaba las nuevas ideas que, entre los 20 y los 33 años, habían reemplazado imperceptiblemente las creencias de su niñez y primera mocedad, se había sentido horrorizado, no tanto por la muerte, como por una vida desprovista del entendimiento más mínimo de su procedencia, su finalidad, su razón de ser y su carácter. El organismo, su destrucción, la indestructibilidad de la materia, la evolución, la ley de la conservación de la energía, eran los vocablos que habían sustituido a tales creencias. Esos vocablos y los conceptos vinculados a ellos eran sumamente útiles para fines intelectuales, pero no servían para orientarse en la vida. Lyovin se sintió de pronto como una persona que, habiendo cambiado su gabán de piel por una bata de muselina y hallándose en la calle un día de helada, descubre que, de hecho, está desnudo y que morirá, cruel e inevitablmente, de frío”.

Tolstoi naufragó en la búsqueda de una ética pura, una ética que le permitiera relacionarse con los hombres y a la vez, con el entorno natural que le era propio, sin cometer ninguno de los pecados capitales que él consideraba imperdonables para Cristo. Se puede decir que terminó por hacerse su propio Cristo, su propia idea de Dios, articulada en torno a dos nociones fundamentales: la piedad y el amor, únicas herramientas posibles del hombre para aliviar su estancia en el mundo, para cicatrizar sus heridas en medio de tamaño desequilibrio universal. De los restos de ese naufragio personal, nos queda una obra literaria que, junto a la de Homero, Cervantes, Shakespeare y Dovstoievski, constituye una de las cumbres del Himalaya de las letras del hombre. También el ejemplo del atormentado genio que intentó conjugar hasta el último día de su vida, el bienestar individual y el colectivo, cayendo en la inevitable contradicción: él era rico, repugnamentente rico, y en Rusia había tantos pobres, que ninguna de sus bienintencionadas iniciativas para paliar la desnutrición intelectual y moral de las comunidades campesinas rusas serviría, en verdad, para cambiar nada. “Repasó mentalmente a las personas que sufrían las consecuencias de la actividad que desplegaban las instituciones que administraban justicia, apoyaban la fe y educaban al pueblo; la campesina castigada por vender vino sin permiso, el muchacho que había robado, el vagabundo, el incendiario y el banquero, la infeliz Lida, a quien habían detenido porque podía proporcionar informaciones que necesitaban; los sectarios, que habían quebrantado la religión ortodoxa y, finalmente, Gurkevich, arrestado porque deseaba la Constitución. Comprendió con extraordinaria claridad que se habían detenido, encerrado y deportado a toda esa gente no porque hubieran quebrantado la justicia o cometido algún ato ilegal, sino sencillamente porque impedían a los funcionarios y a los ricos gobernar la riqueza que arrebataban al pueblo”.

El llamado pueblo sufría las consecuencias físicas y materiales de la injusticia; la llamada aristocracia, o sociedad, padecía, sin embargo, las consecuencias igualmente letales de la cárcel moral devenida de unas convenciones sociales que castigaban, implacables, la rebelión contra el cinismo, la desvergüenza tolerada y la hipocresía: Anna Karenina puede serle infiel a su marido con ciento veinte y cuatro hombres, pero no puede quebrar la noción establecida del matrimonio aspirando a ser feliz por su cuenta; sólo puede escapar a la tiranía de la impostura y las apariencias mediante un atavismo violentísimo y, naturalmente, físico. Al final, Tolstoi se da cuenta de que nada, ni siquiera el rapto piadoso que hechiza a los individuos, exculpándolos, consolándolos mediante el impulso benévolo de la indulgencia, dura lo suficiente como para poder perdurar y asentarse en el alma humana: Karenin perdona a su mujer, pero Anna no se muere y, por supuesto, en cuanto se recobra, siente como un estorbo la presencia del marido, tomada por ella como salvífica unas horas antes, a las puertas de la muerte. Natasha ama a Bolkonksy hasta que se cruza un principote cualquiera, guapo, atrevido y galante, y lo olvida todo, olvida el sacrificio del hombre y las promesas del futuro, con tal de gozar de la animalidad presente.

Ante tal situación solo quedan dos salidas: la violenta, contra sí mismo o contra los demás, o el ascetismo. El ascetismo del padre Sergio o el cruento colapso emocional y psicológico del protagonista de El Diablo, un Lyovin con mala suerte.

La respuesta definitiva ante tal desmesura humana, que no comprende, es para Tolstoi el silencio: el silencio resignado del pelotón de soldados destrozados, rotos y, en efecto, derrotados, al que se ordena abandonar sus fortines frente al mar en Sebastopol -fortines que han matenido inexpugnables, sin balas, sin comida, sin esperanza, durante un año, hasta que el Zar, desde su cómodo palacio a la orilla del Neva, capitula ante franceses y británicos en una ceremonia llevada a cabo, naturalmente, entre caballeros-. Allí quedan los cuerpos de sus camaradas, recién muertos, en el último asalto. La respuesta de Tolstoi es la retirada francesa desde Moscú. El preso, que recuerda a Gandhi, que acepta su situación, los maltratos y las vejaciones de los oficiales de la Grande Armée, la muerte, y que transforma a Bezujov con su comportamiento. La muerte, eléctrica y brutal, que uno lee en silencio y que no es capaz de imaginar sino en silencio, del benjamín de los Rostov: los cascos del caballo trotando por el piso de la granja abandonada, la oscuridad del corredor que atraviesa el niño que quiere ser un hombre, vestido de húsar; el deslumbramiento repentino del patio, el sol cegador, el tiro, el fundid a negro. La nada.

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