24-08-16

24 Ago

Escuchaba hoy Herrera en COPE la entrevista que el subalterno del director del programa le hacía a Óscar Clavell, a la sazón diputado en Cortes por Castellón y miembro del Partido Popular. Este hombre, imputado en un caso de prevaricación acaecido durante su ejercicio como alcalde en funciones de Vall de Uxó, es, al parecer, peón en disputa entre quienes negocian un acuerdo de investidura por parte de su partido, el PP, y el partido Ciudadanos. Según este mismo hombre explicaba en antena, ocho sentencias respaldaban su probidad en este caso. La cuestión en liza es, en realidad, la presunción de inocencia. Convenir en que cualquier imputado en un caso de corrupción, o de lo que se tercie, ha de dimitir obligatoriamente y cesar en sus funciones representativas, es cercenar un derecho básico en las sociedades civilizadas: el de ser creído, antes que nada, y sobre todo, el de no ser culpable hasta que un juez así lo dictamine, tras un proceso reglado, justo e imparcial. La cosa no es menor. En la antigua Atenas se estableció la llamada institución del Ostracismo, que no era más que votar por mayoría simple el destierro o no de cualquier persona sospechosa de ser perjudicial para la ciudad escribiendo su nombre en una concha de barro cocido llamado ostrakón. El procedimiento, en teoría estupendo pues eliminaba durante diez años a un fulano nocivo para el interés general, se convertía en la práctica en una herramienta de aniquilación política, por medio de la cual cualquiera, con cierto poder acumulado o siquiera reputación de buen orador en la Asamblea, podía deshacerse de quien le resultara molesto en la consecución de sus fines políticos. Un arma maravillosamente despótica, cuasi totalitaria.

La estigmatización del imputado no es más que un nuevo ostracismo, sólo que más hortera, como cantaba Loquillo.

Pero lo que me llamó la atención y quería resaltar aquí no era eso. Clavell, con toda su probidad aparente y su tono benévolo, amable, que invitaba a creer en su honorabilidad, dio sin querer un matiz, la marca de agua de la ética política y cultural dominante en el sistema democrático español: “Si yo soy el inconveniente para que España tenga un Gobierno, yo, que llevo el PP en las venas, me apartaría, por el bien de mi partido y de mi país”. La clave está en lo que le corre por las venas, en lo que su subconsciente traicionó, desvelándolo: el buen hombre dijo que lo que le corría por las venas no era la democracia, ni la ética de la civilización libre a la que pertenece, sino, claro, naturalmente, el partido. 

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