El final del verano

25 Ago

Las campanas tocaban a muerto. De un coche negro y largo cargado con coronas de flores rojas y blancas, una multitud trémula sacaba un féretro. La puerta de la iglesia esperaba entreabierta. Los hombres carraspeaban. Se oían pasos secos, tacones contra el empedrado, silencio cargado de plomo. Una avioneta llenaba el cielo con su ruido, pesado y mecánico, que se parecía a la tos de un viejo. Tocaban las campanas y al otro lado de la plaza, al final de una hilera de naranjos, otra multitud se desparramaba por los veladores de las terrazas. Cada naranjo tenía a su alrededor muchas naranjas caídas y despachurradas, como hilos de una madeja suelta. Los niños jugaban con las maduras, las pateaban, se las lanzaban. Con las que quedaban en los árboles se haría un confite que otros niños se untarían las tostadas, por las mañanas, antes de ir al colegio. Había palomas avisadas que revoloteaban en torno a los chiquillos, picoteando los restos de bocadillos esparcidos por el suelo, las patatas fritas pisadas, los helados que se derretían olvidados junto a los bancos.

Los adultos bebían y murmuraban sentados en las mesas de metal, bajo sombrillas blancas. Tomaban café con hielo, refrescos. Los gintonics copaban las mesas como si fueran bodegones cargados de fruta. Se hablaba del fútbol y de mujeres, de maridos cornudos y de amigos crápulas; se hacían cuentas esperando el colegio y sus peajes de septiembre; se hablaba de dinero y de trabajo, se comentaba sin interés cómo era posible que aún no hubiera Gobierno, y todos fingían ignorar lo que ocurría justo en frente. Procuraban mirar un par de segundos, distraídamente y como de soslayo desde detrás de sus gafas de sol, hacia la puerta de la iglesia, por donde un grupo de hombres vestidos con trajes negros pasados de moda metían dentro el ataúd marrón.

Mujeres viejas y jóvenes circunspectos seguían el cortejo con la cabeza baja y caminando con el tañido de las campanas, que seguían tocando a muerto. La luz alazana del atardecer cortaba en diagonal la fachada barroca del templo. El muro de canela cedía en su sobriedad al exceso carmesí y de color hueso de la portada, veteada de mármol y labrada en formas geométricas fecundas. Era como el austero invierno cuando se quita el frac y se esconde al llegar la primavera. El aire filtraba la sal, cuyo perfume déspota recordaba lo cerca que estaba de allí el mar. La sombra velaba las fachadas que hacían frente a la iglesia; con sus ventanas llenas de rejas, sus portalones de madera carcomida y sucia y sus cierros, cuyas persianas siempre estaban bajadas hasta el suelo. Debajo de un naranjo había un banco de piedra, sin respaldo. Estaban en él sentados dos viejos que miraban hacia las mesas de las terrazas de los bares. El murmullo sólo se había encogido al llegar el coche fúnebre a la plaza, espantando a las palomas. Luego, algunos padres se levantaron para advertir a sus hijos que pelotearan un poco más allá, donde no molestaran. Sólo un crío se quedó mirando fijamente las caras compungidas de los que rodeaban el coche, las manos yertas, los susurros breves y quedos de los que echaban mano a la caja.

-La muerte no impresiona a los niños.

-Ni a los padres.

-Todo claudicará.

-También el verano.

-Es verdad, compadre. Los mediodías ya huelen a otoño.

 

Los camareros seguían saliendo de los bares llevando sobre una mano bandejas llenas como cestas colmadas de uva en la vendimia, y seguían regresando con ellas vacías. Una y otra vez, con un frenesí báquico. Las campanas seguían tocando a muerto con su constante repique tardo, doble. Parecía un postrero homenaje al finado y un perenne recuerdo a los vivos de la naturaleza binaria del mundo. Los niños seguían jugando en la plaza y los dos viejos, bajo el naranjo, seguían recordándose a sí mismos cuando eran jóvenes y segaban el pasto del río junto a Doñana; cuando bebían el vino de las botellas enfriadas bajo la tierra en la ribera, y torcían sus irrompibles lumbares debajo del sol: cuando aguzaban el oído debajo de sus sombreros de paja y se apoyaban en sus dalles de acero, mellados por el uso, y esperaban a que saliera de las entrañas de la tierra el eterno estertor del verano.

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