29-08-16

29 Ago

Se acaba el verano y todo es abatimiento, decadencia, spleen. Es inevitable no contagiarse de esto, aunque se deteste mucho de lo que el verano es, tiene y contiene. Hoy, paseando, haciendo de flaneur, constataba lo evidente: una manta muy fina de melancolía cubría todas las cosas, y a todas las personas. La marea, muy baja, mostraba los corrales, las lajas, las piedras y las rocas, toda la extensión arenosa de la orilla llena de la ceba que saca el Poniente, y parecía el esqueleto de un elefante tras pasarle por encima una manda de hienas y una bandada de buitres. La playa exhibía sus llagas, sus muelas picadas, sus caries. Había sombrillas, toda una hilera interminable, pero ya menos. No había coches aparcados atestando las aceras; algunos veraneantes terminaban de cerrar sus maleteros, dispuestos a marchar. Otros arrastraban sus maletas, rumbo a la estación de autobuses. Todo lo que antes era fecundo, la pleamar rompiendo en el paseo, como el champán cuando se descorcha, las terrazas invadiendo las calles, todo, ahora empezaba ya a marchitarse, a enseñar sus postillas. Empieza ya un largo crepúsculo que durará hasta finales de octubre, y hasta bien entrado noviembre, que es cuando se irá el calor definitivamente, y llegará el frío. Hasta entonces, todo será un atardecer tenue. Lo pardo sombreará caras, objetos y costumbres.

La luz irá haciéndose de cobre y los cuerpos irán anquilosándose. No quedará ya nada de esa fugaz explosión de vida, que como todas las explosiones, arrastra consigo una onda de odiosa vivacidad, de exceso. Todo ese magma ya ha desaparecido. Cierran los comercios, la vida se retrae. Vienen los turistas viejos, los de fuera, extranjeros jubilados, con otro ritmo; ya no hay jóvenes destrozándose, derrochando su brío. Todo lo que palpita es un ejército en retirada. La imagen sinecdótica de la anábasis la encontré en el paseo marítimo, alfa y omega de todas las cosas en verano, en Chipiona. Naturalmente, rompeolas de la vida de los pueblos de mar. Dos quinceañeros se despedían, o parecían despedirse. Pasé junto a ellos rápido, sin querer mirar: toda la escena evocaba el fin del mundo que siempre es separarse de quien se ama, sobre todo cuando es la primera vez, o el primer amor, que no es el que cronológicamente va antes, sino el que se hinca en la carne y la saja, la espita clavada que arde y también, claro, supura. Ella, de pie, escondía la cabeza entre los hombros de él, que sentado, con una mochila, también agazapaba el rostro entre el cuello y el pelo de ella. Y se musitaban cosas. Seguramente, se prometerían volver, continuar. Se dirían todas esas cosas que se dicen en esos momentos infames que tiene la vida, cuando todo es como si se detuviera pero en realidad no se detiene, sino que continúa fluyendo, y uno se ahoga en el océano de agonía que se abre entre esas dos nociones tan reales y tan definitivas, tan implacables; y la vida parece un despropósito absurdo porque no se ahorma a la felicidad que tan inesperada, brotó natural, como el agua de un arroyo. Seguí caminando penando en todas mis despedidas, que siempre son iguales: un puño de hierro dentro del estómago, que tira de las entrañas hacia abajo.

Ojalá se reencuentren.

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