09-09-16

9 Sep

Sintiendo la caricia fría, áspera, de la navaja del barbero sobre la yugular y la garganta, pienso: cuán vulnerables somos, sobre todo en momentos como ése, en los que todo se basa en una relación de confianza. Como cuando uno va en una carretera, o en una autovía: confía en que nadie venga de frente. Cuando alguien incumple ese pacto, sobreviene el horror. Pero eso también forma parte del juego.

El cuerpo cura las resacas como las heridas. Se va restableciendo de a poco. Lo que pasa es que cada vez tarda más, y uno se pasa casi dos días en un limbo de letargo y sopor, así como debían sentirse los asiduos a los fumaderos de opio.

He terminado Gogol, a la espera de El Inspector y de Roma. Estaba esperando una edición vieja, barata y bonita de El Inspector, pero Correos, otra vez, no ha funcionado. Es la segunda vez que me pasa. Si uno ha de certificar cada envío que ordena o expide, ¿qué queda del sagrado mandamiento postal, uno de los pilares de toda civilización? Esta idea me angustia, pues vuelvo de nuevo a la confianza: en la vida, uno puede esperarse cualquier cosa, pero no que las cartas dejen de llegar a su destino.

Empiezo un manual sobre la Primera Guerra Mundial. De Stevensson. Cuando afronto una laguna grande, lleno las alforjas y salto sobre ella, de cabeza.

Hoy escribo porque es casi capicúa. Y porque me ha llegado el New Yorker. Siguen vivas las arterias del imperio,  a pesar de todo.

Post scriptum: Reverte publica nueva novela y yo me alegro mucho de pertenecer, moralmente, a un imperio. Viva lo grande, muera lo chico.

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