13-09-16

13 Sep

Ha llegado la lluvia, y el cielo, oscurecido como a brochazos irregulares, es un espacio de promisión ahora, no de castigo como desde junio: alivio, aliento, calma y luego, lobreguez. Es martes y 13, como telediarios y cuentas en Twitter de periódicos y todos esos reproductores de realidad formal se han encargado de recordar. Hace 100 años, franceses y alemanes se mataban para nada en el Somme y en Verdún. Se mataban tanto que convirtieron sus tumbas en suelo lunar: al final, consiguieron descansar fuera de la Tierra, trajeron las estrellas desde el cielo y las convirtieron en obuses. Trescientos millones de obuses. Horas enteras dándose matarile, días, meses, pumba, pumba, hasta olvidar cómo se llamaban. Derritieron la tierra con el vómito caliente de su sangre. Un 13 de septiembre moría también el gran rey Felipe, y España comenzó su repliegue, su ensimismamiento: cuatrocientos años después, aún no ha terminado. ¿Acaso lo hará alguna vez? El rey Felipe tiene la película, la magnífica película contradictoria y grandiosa, tremenda, fea y épica, que tienen tantos otros episodios de la Historia española. Están ahí. Lo bueno es que también están ahí quienes lograrán rodarlas.

De eso tengo la certeza. Viendo hoy un documental, dividido en diez partes, de la Primera Guerra Mundial que he encontrado en Youtube, me maravillé ante lo exacto de las colisiones atómicas que configuran la realidad. El asesino de Francisco Fernando, Gavrilo Princip, nació en un agujero bosnio llamado Obljaj, en una casa tan miserable de la que hoy sólo queda un pedrusco trazado con las iniciales del magnicida, en medio de un manchón verde. Francisco Fernando era ya segundo en la línea de sucesión a la corona dual austrohúgara. Había viajado por el mundo, había cazado cinco mil ciervos, tenía fincas y propiedades en Chequia, Italia, estaba enamorado y su vida transcurría entre los algodones y los rectángulos de sombra de palacios, pabellones de caza, banquetes, recepciones oficiales, maniobras militares y haciendas de recreo. ¿Quién podía imaginar que la trayectoria de dos átomos tan distantes, cuyos puntos de partida parecían situarse a varios millones de años luz el uno del otro, iban a confluir una tarde de junio de 1914, junto a un río, en Sarajevo?

Nadie. Pero ocurrió.

Otra cosa que ha ocurrido es que he escrito un libro. Esto es ya, de por sí, un acontecimiento. Personalmente es el gran acontecimiento que llevo preparando más de un año, con altibajos, pero finalmente, con alegría. Vivirá contento todo aquel que piense que le saldrá bien todo lo que haga e intente, dijo Sócrates. Pueden verlo aquí, enterarse de qué va, y apoyarlo, si les parece interesante. Les estaré profundamente agradecido porque no lo voy a negar, esto es lo que he querido hacer siempre.

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