Vida de magnicidas: Angiolillo

16 Sep

Michele Angiolillo Lombardi nació en la región de Apulia, en el tacón de la bota italiana, el 5 de junio de 1871. Cuando asesinó a Antonio Cánovas del Castillo el 8 de agosto de 1897, tenía 26 años recién cumplidos. El segundo Presidente del Consejo de Ministros durante la Regencia reposaba en Santa Águeda, un balneario vasco cerca de San Sebastián. Cánovas venía de allí, de despachar con la reina regente María Cristina, esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII. Fue allí, un domingo por la mañana, cuando Angiolillo le pegó tres tiros a bocajarro: uno le dio en la cabeza, otro en el cuello y el último, en un costado. Angiolillo fue detenido al momento. Según las fuentes, era alto, bien parecido, una barba cerrada pero cuidada y elegante le cubría la cara, y unas gafas, así como su traje con chaleco y sombrero, resaltaban su figura esbelta, fina, de intelectual. Cuentan José Enrique Rovira Murillo y José María Manrique García en La Guerra del 98: misterios, mitos y realidades que en Santa Águeda había 25 guardias civiles y 9 secretas de la policía escoltando al Presidente: ninguno comprobó la identidad del supuesto periodista de Il Popolo de Nápoles Emilio Rinaldi, que se había alojado en el balneario cuatro días antes de la llegada de Cánovas, presentándose además como “tenedor de libros”. Angiolillo, según fuentes anarquistas, se había presentado voluntario al sorteo para elegir al “ejecutor de la sentencia de muerte” contra el estadista español; tal sorteo tuvo lugar, al parecer, en Nápoles, en 1897, en una asamblea anarquista convocada posiblemente por el Comitato Centrale per la Libertá de Cuba, fundado en Roma en abril de 1896 por miembros de los partidos Republicano, Radical y Socialista de Italia. No obstante, los movimientos de Angiolillo entre octubre de 1896 y el verano de 1897 han quedado en un ángulo muerto de la Historia. Se tiene la certeza de que trabajó en España como tipógrafo entre 1885 y finales del verano de 1886, bajo el nombre falso de José Sants. Había llegado a Barcelona desde Marsella, en donde, a su vez, había encontrado refugio tras ser condenado en Italia a 18 años de cárcel y al destierro en un islote del Adriático por delitos de subversión, en 1885.

Angiolillo sabía disparar. Entre 1892 y 1892, recibió instrucción militar en Italia. Fue cadete en el Ejército, del que fue licenciado por motivos que cabe suponer ideológicos: no parecía ser de los que acataran las órdenes en completa sumisión, a pesar de que el anarcosindicalista alemán Rudolf Rocker dijese de él que era serio, que “infundía respeto”, que podía ser tomado por un médico, un hombre instruido y en extremo agradable “que hablaba siempre en voz baja”, como recoge la cita del alemán que hace Félix Ojeda Reyes, en un artículo para la web 80Grados. No obstante, la teoría de que Angiolillo se decidió a matar a Cánovas en Nápoles tras tocarle en un sorteo contrasta con otros testimonios. En pleno apogeo de la doctrina anarquista que abogaba por el terrorismo como método de acción (la llamada propaganda por el hecho) se comete el famoso atentado de la procesión del Corpus en Barcelona, en el que murieron asesinadas 12 personas. 400 anarquistas fueron detenidos y Angiolillo, de cuya participación en el crimen no se tiene constancia, huye a Bruselas vía Marsella. En mayo de 1897 fueron condenados a muerte por este atentado, y ejecutados en Barcelona, cinco anarquistas. Fueron los denominados Procesos de Montjuich. Los métodos utilizados para la obtención de las pruebas y de las confesiones, y la dudosa calidad de éstas, arrojaron muchas sombras sobre toda la causa judicial. Se denunciaron torturas, de la que los mismos absueltos, que quedaron desterrados de España, dieron prolijo testimonio en París y en Londres, desde donde se lanzaron campañas propagandísticas que aumentaron la presión internacional sobre el Gobierno. Según parece, fue en Londres, a donde Angiolillo había llegado procedente de Bruselas y se encontraba trabajando en la imprenta de unos anarquistas españoles, donde el italiano decidió su acción. El anarquista Rocker, citado por Ojeda Reyes, cuenta la honda impresión que produjo a Angiolillo la visión de las cicatrices y las escarificaciones a consecuencia de las torturas sufridas en Montjuich durante la instrucción del proceso, que mostraban en su cuerpo algunos de los desterrados españoles, como Francisco Grana. “Cuando nos mostró aquella noche sus miembros lisiados y las cicatrices que habían dejado en su cuerpo entero las crueles torturas, comprendimos, que una cosa es leer acerca de esos hechos en los diarios y otra oírlos de los propios labios de una de las víctimas. Quedamos todos como petrificados y pasaron algunos minutos antes de poder hallar algunas palabras de indignación. Sólo Angiolillo no dijo una palabra. Pero poco después se puso repentinamente de pie, se despidió de nosotros lacónicamente y abandonó la habitación. Fue la última vez que le vi…”

Aquello fue en junio. El diario español La Correspondencia informó más tarde de que antes de partir rumbo a París, Angiolillo se compró un revólver en Londres. En aquel momento concreto de la Historia, España estaba a punto de perder Cuba, aunque los Estados Unidos aún se mantenían a la expectativa observando con atención cómo la metrópoli a duras penas sujetaba todavía la colonia caribeña en su vieja corona imperial. Las fuentes apuntan a que en París Angiolillo entró en contacto con uno de los artífices de la disidencia cubana en el extranjero, el doctor Betances, un oscuro personaje portorriqueño que hoy respondería al perfil de lobbysta. Se hacía llamar”agente de la República de Cuba en armas” y dependía de la Junta Cubana de Nueva York, un comité encargado de recaudar fondos en el extranjero para la promoción de la causa independentista cubana. Betances había mantenido contactos con el Comitato Centrale, facilitando la llegada a Cuba de milicanos anarquistas para luchar contra las autoridades coloniales españolas. Según la propaganda española posterior, Betances fue el que dirigió a Angiolillo contra Cánovas, proveyéndolo de instrucciones y recursos. No obstante, parece más cercano a la verdad que Betances mantuvo con Angiolillo un intercambio de pareceres ambiguo, en el que probablemente el disidente le convenciera de no atentar contra la vida de la reina regente ni del pequeño Alfonso XIII. De París, vía Burdeos y Lisboa, Angiolillo llegó a Madrid en julio, el 4 de agosto, a Santa Águeda. Quizá el dinero para costearse el viaje lo recibiera en París, o tal vez en Burdeos, donde se dice que fue acogido por el anarquista francés Antoigne Antignac. Es seguro que en Madrid se vio con el famoso periodista José Nakens, también envuelto de manera confusa y ambigua en el atentado contra Alfonso XIII el día de su boda.

Melchor Fernández Almagro, en Cánovas, su vida y su política, detalla que tras cuatro días de atenta vigilancia, Angiolillo sorprendió al Presidente del Consejo de Ministros solo, sobre el mediodía, a la hora del ángelus, leyendo el periódico junto a la galería del comedor, sentado en un banco. Tuvo tiempo hasta para subir a su habitación, calzarse unas silenciosas alpargatas, bajar, acercarse hasta Cánovas y pegarle tres tiros a quemarropa. Ante la viuda desesperada, Angiolillo, al parecer flemático y calmo, declara que ha vengado a sus hermanos de Montjuich, y se entrega sin oponer resistencia. El primer tiro, según El Imparcial, le entró a Cánovas por la frente y le salió por el oído; el segundo le seccionó la yugular, y el tercero le perforó el pecho, atravesando un pulmón. Angiolillo es juzgado sumariamente: el 15 de agosto es condenado a muerte por garrote vil, y el 20 de agosto es ejecutado en la cárcel de Vergara, en la provincia de Guipúzcoa. Francesco Tamburini cuenta en un artículo publicado en Historia 16, en 1997, que Angiolillo gritó en el cadalso “¡Germinal!”, es decir, “nacerán otros”. Le fue concedido permiso para escribir a su familia. The New York Times, en su crónica, contó que “murió con valor”, y que los asistentes a la ejecución quedaron impresionados por su actitud. En Aurora Roja, Pío Baroja cuenta cómo Skopos, uno de los obrerillos que se unían a Manuel Alcázar, Juan y los demás, en la Aurora Roja a porfiar sobre anarquismo y revolución, conoció a Angiolillo en Barcelona; lo describe como “un tipo delgado, muy largo, muy seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar aquello de un hombre tan suave y tan tímido!”

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