20-09-16

20 Sep

Últimamente pienso mucho en el miedo, el impulso atávico del hombre, el más viejo y genuino de todos: creo que, antes que el odio y que, por supuesto, el amor, el hombre temió. Desde entonces, su existencia gira en torno a él, se formula en base al miedo, y una de las explicaciones de la evolución quizá sea la búsqueda de fórmulas con que protegernos constantemente del miedo. El hombre se descubrió a sí mismo intentando atrapar esa ilusión, siempre transitoria, de la perpetua seguridad. No sé. La frase que más me gusta de la Biblia es la de Cristo, cuando dice que no juzgues, si no quieres ser juzgado: para comprender las decisiones de cada uno de los individuos que nos rodean, se ha de meter uno dentro de ellos, pues las elecciones, tanto como las omisiones, no son sino el resultado de una acumulación de circunstancias extraordinarias, sencillas, contradictorias, simplemente incognoscibles.

Yo le temo a muchas cosas, aunque mi naturaleza combine ciclos de optimismo inveterado con otros raptos de melancolía y repliegue introspectivo. Percibo los cambios como pequeñas catástrofes particulares que lo remueven todo; no obstante, siempre ocurre igual en mi cabeza. Hay que dejar unas semanas por medio, unas semanas de contención y resistencia: luego la costumbre actúa como una pócima, un bálsamo de analgesia. Todo a mi alrededor, y no hablo de mi alrededor literal o geográfico, sino emocional, se repliega y se eriza, como la piel cuando siente frío y ansía acumular calor: la colocación, el empleo. Cuatro años después, lejos ya la Universidad, la vida es real, en toda su grisura. Siento que nos vemos a nosotros mismos como jinetes descabalgados en mitad de un río que nunca supimos muy bien cómo íbamos a vadear; creímos, al verlo de lejos, que la inercia del impulso y la carrera nos lanzaría hasta la otra orilla. Cuánta ingenuidad. Creo haberlo anotado aquí ya, pero contemplo con escepticismo al que no vacila, ni duda, ni se contradice. El que ve delante de él el camino de la vida, diáfano y luminoso, y lo transita sin mirar atrás, ni a los lados. Sin intuir ninguna otra senda alternativa, sin mirar las bocacalles, las esquinas oscuras, sin pararse en ninguno de sus ángulos muertos. No me gusta recurrir a la queja generacional, lugar tan común, tan manido: no somos más especiales que los que vinieron antes, ni lo seremos más que los que vinieron después. La cosa es que nos hemos quedado a medias. Esa es la sensación vaga, inasible, pero cierta, que me acompaña y que no se va: estamos a la mitad de ninguna parte, en un cruce de caminos en el que ninguno conduce a ningún lugar soleado, cálido o agradable. Como si fuésemos individuos a medio hacer, o peor, cosidos a retales. Así me siento, algunas veces, como si estuviera dentro de una camisa de once varas que, naturalmente, me queda grande; o dentro de un esmoquin de alpaca, como cantaba Loquillo. Pero sin la fiereza del animal pues, claro, por supuesto, lo que sí soy, definitivamente, es un producto refinado de la civilización postmoderna, burguesa, urbana, con las garras limadas y una hipersensibilidad incompatible con el nuevo estado de cosas en que me ha tocado naufragar. A mí, y a tantos como yo.

Parias con techo, cama, comida, wifi, iphone, y la escalera rota.

Este dietario consigue liarme, como los amigos crápulas: ya me estoy quejando demasiado. ¡Pero admitamos el hecho de que las libretas, y los blogs, están para esto!

Por cierto, sigo aquí.

Últimamente estoy soñando cosas lisérgicas; el otro día vi Eyes Wide Shut, último brochazo del genio Kubrick, y entre las impresiones de la Gran Guerra que deja en mi cabeza el libro de Stevensson, y mis propias turbulencias habituales, me he levantado estos días con un desagradable sabor metálico en la boca, como si hubiera masticado carbón.

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