22-11-16

22 Nov

Se acaba noviembre, pareció un parpadeo. La atmósfera dentro de las casas del sur de España está yerta. Creo que es un problema de materiales y de espacios: mucho campo para el aire, mucho mármol sobre el que no puede uno descalzarse. Ha sido una semana, la última, serena, tranquila y gozosa. Necesitaba algo así, días capaces de reconfortar, de desbastar y quitar lo áspero. Estoy contento. Lo único que pesa de desconexiones así es la pila de libros, revistas y textos por leer: de nuevo la avalancha, la angustia intelectual, la necesidad de enclaustrarse. Se antojan atareados los días que vienen, y eso siempre viene bien. Espanta espectros, tan de noviembre. Además, la corrección del libro avanza. Miro hacia atrás, hacia el noviembre pasado, y pienso: bueno, estoy mejor. Estamos mejor. Ma non troppo. Lo suficiente. Lo necesario. Hay cosas que se han realizado y otras que están por realizarse, pero consuela, conforta, tener ese sentido del trabajo hecho, de la trinchera conquistada y de la cabeza de puente tomada: no sé todavía dónde estoy, y puede que no lo sepa nunca, pero al menos tengo la certeza de que no estoy en medio del océano, dentro de una barcaza. He desembarcado, he tomado una playa en alguna parte. Eso está bien. Aunque mañana se acabe todo, habré delimitado un trozo de tierra que podré llamar mío, aunque sea feo o esté lleno de alambre de espino.

Me asomé a la playa hoy, después de algún tiempo, y volví a ver al hombre que da de comer a las gaviotas. Es un hombre viejo, arrugado y moreno. No tiene mucho pelo, y el que le queda es cárdeno, muy lacio, peinado hacia atrás. Se pone a fumar apoyado en la puerta cerrada de un bar, y mientras va desmigajando trozos de pan, echándoselos a las gaviotas. Hoy había mar de leva, y todas estaban en tierra, a su aldrededor. El hombre nunca dice ni hace nada más que eso: fumar, alimentar a los pájaros y mirar al frente, frunciendo el ceño. Me gustaría acercarme algún día y preguntarle por qué lo hace,  aunque quizá eso sea una estupidez. Siempre es mejor fabular, escribir mil palabras acerca de las hipotéticas y supuestas razones del hombre para alimentar a las gaviotas y fumar mirando el mar: todas ellas serían únicamente producto de mi imaginación, fruto de mis lecturas, mejunje fantasioso de mis ideas, de mis propias proyecciones. El problema de la realidad es que a veces resultar ser prosaica, fea, desagradable, limitada, contradictoria y muy simple. Por eso tengo miedo, aparte de mi natural misantropía -circunstancia que entorpece considerablemente mi desenvolvimiento social, incluso entre conocidos-. Quizá el hombre tenga una voz muy desagradable, o me mande a tomar por culo, o no tenga nada que decir. He ahí la gran ventaja estética de la ficción sobre la realidad, y a su vez, la insuperable desventaja moral, ética y literaria, de la ficción respecto de la realidad: uno puede llenar de contenido un personaje cualquiera encontrado al azar por la calle, pero sólo será una proyección personal y subjetiva del que escriba. Un fantasma.

Este texto de Gabriel Albiac, sobre Cohen y la muerte:

“Esa devastada serenidad del hombre que no es tan estúpido –casi todos los hombres lo son– como para ocultarse que el camino ha terminado. Y que el dolor de cerrarlo debe ser acometido con el mismo sosiego con que se surcó la vida. Porque en el verdadero dolor sólo hay grandeza cuando la voz que osa decirlo es la más tenue, la matemáticamente más mesurada. Si uno no sabe hacer eso, mejor callar. La muerte no se merece la vulgaridad escénica del grito o el sollozo.

Hineni, hineni…, aquí estoy, aquí estamos todos esos que nunca en nada creímos. Atónitos, igual que cuantos abrigaron las creencias más arrogantes. Atónitos ante eso que sucede en un misterioso trasmundo al cual no alcanzan las palabras: la muerte. Hineni, hineni…, el viejo judío demasiado inteligente para creer en nada, demasiado inteligente para despreciar creencia alguna, cierra verbalmente su vida en un cruce de apuesta estoica y epicúrea, en el cual resuena lo más hondo de la Escritura Antigua, esa en la cual ni una sola referencia a la inmortalidad individual se encuentra: “Estoy listo para morir. Espero que no sea muy doloroso. Eso es todo para mí”.

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