29-12-16

29 Dic

El otro día, el domingo, estaba de resaca. No es un estado desacostumbrado, en absoluto. A veces creo que podría entablar con la resaca incluso un diálogo. Creo que lo hago de vez en cuando, en las peores fases, que ya tengo debidamente identificadas gracias a la costumbre. En los disparates de mi febledad hablo conmigo mismo y me confieso mis flaquezas peores. Mi tono es el de un conferenciante. En fin. La Navidad de la edad adulta es una inmersión en el caos. Un caos controlado, o mejor dicho, previsto. Socialmente establecido, con sus ceremonias y sus ritmos. Sus dinámicas. Estoy llegando a la conclusión de que algún día habré de instaurar mi propia liturgia navideña, porque son ese tipo de decisiones abruptas e inesperadas las que se requieren para romper este torrente de convenciones que lo arrastra a uno con la fuerza del tsunami. La primera de esas decisiones, o elecciones (¿hay diferencia semántica?) podría ser la de no salir en Nochevieja. ¡Pero cómo no vas a salir en Nochevieja! Acabaré por no hacerlo. Naturalmente, no será este año, claro. Mi determinación en estas cuestiones dura lo que el dolor de la resaca y se parece a la del protagonista de Memorias del subsuelo. Pero esas pequeñas rupturas del pacto social son las únicas revoluciones contemplables hoy en día. ¡Y quién me puede decir a mí que no son verdaderas revoluciones de alcance terrible, cuanto terrible es la dificultad que conllevan!

Me duché el otro día, al resucitar, y era como si me estuviese despojando de una piel muerta. Ducharse en días de resaca es quitarse de encima la mugre del mundo, la hez babilónica, turbia, de la noche.

Creo saber por qué Dostoyevski es comúnmente considerado como el mejor novelista de todos los tiempos. Bueno, quiero decir considerado por los lectores, por supuesto, no me refiero a ninguna de esas estúpidas clasificaciones de revista o semanario que salen por ahí y que sólo responden a intereses comerciales o editoriales. Memorias del subsuelo es una confesión inaudita. La de un hombre frente al abismo. El abismo no necesita palabras para ser descrito, por eso esta novela es cortita y está llena de digresiones, de divagaciones más o menos confusas. Pero todos estamos frente al abismo, a lo largo de nuestras vidas. Quizá no hagamos más que estar frente a él, aunque creamos que no, aunque nos sintamos llenos de un gozo, de un bienestar que siempre es finito. El epicureísmo, estoy convencido, es la respuesta más pulida a este abismo, a la contención que requiere de cada uno de nosotros el estar cara a cara con lo hondo y lo oscuro. Epicuro no quería sufrir, ni física ni moralmente. Él articuló una respuesta. Dostoyevski no quiere, quizá no supo (esto es especulación) o en todo caso no le interesó responder a eso, sino describirse a sí mismo frente a la tapia de ladrillo que no puede ser traspasada, y que pone fin a todo. A todo. Nadie, que yo haya leído hasta ahora, escribió de forma tan cruda algo que habitualmente suele quedar oculto tras una mortaja de silencio social, o público. Por eso es tan perturbador y al mismo tiempo, inevitable, leerlo.

Me he puesto malo coincidiendo con su lectura. Puede que sea una casualidad. Lo es, sin duda. En verdad es mi cuerpo que responde al asqueroso desorden al que lo llevo sometiendo en virtud del pacto social navideño. Pero me he puesto malo leyéndolo.

Ayer estuve en Sevilla. La ciudad sigue tan bonita como siempre. Al atardecer, una bruma emergía de la calle, del empedrado de la avenida de la catedral. Se mezclaba con la luz eléctrica el atardecer, espolvoreando sobre las cabezas de la multitud un sfumato parecido al de Leonardo en la Virgen de las Rocas. La ciudad, la única ciudad, continúa con su aura imperturbable de hogar abierto, primigenio. Hogar, en el sentido clásico del término, etimológico, semántico. Sus piedras respiran y hablan. Todo lo que vivimos hoy lo vivirán otros mañana, y nada importará, de ninguno. Pero quedarán las piedras. Quedará Sevilla amancebada sobre el río, expresión única de la pereza que se deleita, y que deleita, sin esfuerzo, ni siquiera con voluntad. Sevilla para mí es un cofre que guarda la silueta de muchos yoes. De los mejores y de los peores. Siluetas que si se juntaran sobre una cartulina blanca, conformarían la figura de un hombre borroso.

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