20-02-17

20 Feb

Llueve durante buena parte de la mañana. Luego cesa, pero el cielo no se despeja. No sale el sol, y es extraño: aquí siempre sale el sol, aunque sea un poco. Hoy no. En el telediario, Ceuta. Cientos de inmigrantes han saltado la valla, han llegado a la ciudad. En el día en que el planeta comenta las palabras del Presidente de los Estados Unidos de América, es decir, de la primera y mejor democracia del mundo, acerca de unos hechos delictivos protagonizados por inmigrantes acaecidos en Suecia que en realidad no ocurrieron, es decir, que son mentira, yo me alegro singularmente viendo esas imágenes. Son todos hombres jóvenes, negros. Bailan exultantes, gritan, corretean de un lado para otro. Han superado una difícil prueba: saltar una valla altísima, con cuchillas, alambres, policías vigilándola. No era más que la última y definitiva prueba de una carrera tormentosa que los ha traído hasta España desde los confines del mundo: desde el Congo, Mali, Níger, desde donde empieza el África selvática, tropical. Han atravesado el desierto inmenso y homicida; han sido vendidos, robados, extorsionados, amenazados, tratados como bestias. Y han llegado. Eso celebran. Me resulta imposible no simpatizar con ellos. Abro la primera página, la introducción, del libro de Renan acerca de las naciones y el nacionalismo: “El hombre no pertenece ni a su lengua, ni a su raza: sólo se pertenece a sí mismo, porque es un ser libre, un ser moral. Ya no se entiende que se persiga a la gente para hacerles cambiar de religión; del mismo modo, tampoco tiene sentido perseguirlos para hacerles cambiar de lengua o patria.” Son estos unos días feos en los que se el problema de origen, es decir, la carencia de recursos ante un cambio global irreversible, está vomitando de nuevo el problema de la identidad: ¿quiénes somos nosotros? ¿quiénes son los nuestros? Yo no sé cuál es la respuesta. Seguramente no la averigue nunca. Pero hoy sé que me gustaría que esos hombres jóvenes que festejaban frenéticamente seguir vivos, haber pisado España, pudieran compartir navío conmigo.

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