23-02-17

23 Feb

Cada vez que veo en el telediario a los trabajadores de los astilleros (por lo común, de los de Cádiz) protestando de manera organizada -ocurre cíclicamente- y exigiendo de las administraciones públicas “más carga de trabajo” se me ocurre una idea estúpida. Yo soy periodista. Pertenezco a la promoción de 2012. Calculo, a ojo, que ese año nos licenciamos unos 200 alumnos sólo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. En una estimación subjetiva, no trabajan en el ramo más de 50 de esos 200 nuevos egresados de la sevillana. ¿Qué ocurriría si emulásemos a los trabajadores de los astilleros y nos concentrásemos, a veces de manera agresiva, reclamándole al Estado “carga de trabajo”? Evidentemente, nos llamarían idiotas, y el bochorno sería de época, que se decía antes. ¡Y si comparásemos la función social de ambos gremios…!

Es evidente que esta es una gilipollez distópica engendrada en mi cerebro por la habitual disposición irritable con la que me siento a almorzar delante del televisor.

El llamado caso NOOS acciona ciertos mecanismos latentes en un rincón de la psique colectiva de la sociedad española; dichos mecanismos han sido reactivados muy poderosamente por la crisis económica, epítome facilón bajo el que subyacen muchas consideraciones de orden moral, pero en realidad, siempre han estado presentes. Es fácil rastrear esa pulsión virulenta en la Historia moderna de España, emparentada con otra más reconocible, más ruidosa: la anticlerical. Puede resumirse en la expresión odio estamental, que me acabo de sacar de la manga en exclusiva para los tres o cuatro lectores de este dietario. Hay que decir que es un odio minoritario y pasivo, por decirlo de alguna manera, aunque no por ello menos expresivo. La cuestión de la infanta y de Urdangarín cayó en un momento justo, en una coyuntura peligrosa desde la perspectiva de la percepción social -siempre relacionada con elementos tan subjetivos como el estado de ánimo general y la presión mediática, etcétera-. Recuerdo el año que viví en Madrid, entre 2012 y 2013. No era inhabitual encontarme con paredes empapeladas con carteles de factura industrial, es decir, en serie, bien hechos, nada de improvisaciones de asociaciones vecinales, que mostraban simplemente una guillotina: una magnífica y muy bien acabada guillotina negra sobre un fondo totalmente blanco. En España hubo siempre quien admiró terriblemente a Robespierre, a Lenin, al soviet de Ekaterimburgo, aunque nunca hubo nadie que los remedase porque jamás se dieron las circunstancias adecuadas que propiciaran esos seísmos morales que vomitan individuos así. Lo más cerca de un matarreyes que ha visto España es Mateo Morral, y no en vano todavía hay un grupo terrorista anarquista que lleva su nombre y que puso una bomba hace unos años en La Almudena. Era 2013 también cuando diputados como Errejón o Iglesias admiraban ciertos pasajes de la retórica leninista públicamente, en Twitter. No eran aquellos, hay que decirlo todo, en los que el profeta semidivino de la revolución bolchevique recomendaba matar mucho, muchos pelotones de fusilamiento para hacer triunfar la revolución. Por desgracia parece que, en algunos casos, esos tuits han sido borrados por sus propietarios. Yo lo entiendo: uno nunca sabe cuán lejos lo va a llevar la carrera de la vida cuando dice lo que en un momento dado le pide el cuerpo decir, y pasa luego lo que pasa.

Es mucho más sencillo hacerse fotos leyendo en un sofá rodeado de gatitos que leerse una sentencia y compararla con lo prescrito en el Código Penal. Y mucho más rentable demoscópicamente hablando: ahí está ese diputado Garzón, siempre entre los políticos mejor valorados por los españoles encuestados por el CIS.

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