27-02-17

27 Feb

Observando a muchos trumpistas españoles en ese puesto de observación privilegiado de los comportamientos sociológicos elitistas que es Twitter, entresaca uno indicios ciertamente interesantes, cuando no curiosos. Lo más llamativo de eso que ha dado en llamarse la Alt-Right es la admiración hacia la figura del hombre fuerte: muchos trumpistas, casi todos, lo son por la evocación autoritaria que les inspira la retórica y la oratoria del 45º Presidente de los Estados Unidos de América. Es la misma excitación por el líder que saca la vara y azota con ella a los débiles y a los enclenques (a los pussy, a los cucks, palabras seminales de ese revoltijo ideológico de límites difusos y contradictorios que es la Alt-Right). “Voy a acabar con el ISIS en treinta días”. Hay un sentido claro de envidia gozosa y mal disimulada en el oficinista gris, en el mediopensionista, en el funcionario anodino, en el hombre normal que sobrelleva su vida como puede, sin brillo alguno, pero también sin riesgo, por este tipo de figuras de fuertes connotaciones: es la misma raíz simbólica que subyace bajo el afecto, también discreto, también adversativo y también disimulado, de la gente normal por el ultra, por el que pone a quien lo merece en su sitio: individuos que necesitan sentir el aroma áspero e irresistible de la violencia, de una violencia a la que naturalmente ellos no se atreven a llegar, puesto que tras el estallido siempre viene la conciencia social que obliga a guardar las formas, y puesto que la violencia exige siempre una exposición física que su naturaleza pasiva no les consiente. Putin concita mucho de este tipo de afecto, que suele ser, en Twitter, una reacción inmediata y visceral a bulos del tipo “Rusia descuartiza al yihadista violador de niñas cristianas en Siria”, y cosas por el estilo. Mourinho, en su día, trasladando el fenómeno de ámbito, se ganó la simpatía de una legión considerable de este tipo de hombres y mujeres no por su extraordinaria batalla por modernizar la institución madridista y arrebatar la hegemonía narrativa al Fútbol Club Barcelona, sino por “decir las cosas claras”, otra de las características de esta veneración del hombre fuerte. Decir las verdades, cantar las cuarenta, tener cojones, tiene mucho de competencia delegada: el admirador, el trumpista, lo es sobre todo por sentir que esa figura rompe unos códigos de cortesía y urbanidad, de discreción o gallardía, con los que él no se atreve. Ser “políticamente incorrecto” se ha convertido en otro banderín de enganche para este tipo de personas que ante el apogeo de movimientos sociales agresivos como el feminismo contemporáneo, el separatismo nacionalista, el ecologismo o el animalismo, o la emergencia de problemas globales que impactan directamente en la base del mundo tal y como lo han heredado como el terrorismo yihadista o las migraciones masivas hacia Europa, son incapaces de aislarse y meditar. El puñetazo en la mesa, el tocar un fajo bien gordo de billetes, el exhibirlo y tirarlos graciosamente en una discoteca o por la calle, el señalar con el índice y levantar la voz, el, en suma, “decir las cosas claras”, siguen siendo acciones con una profunda carga simbólica muy primitiva pero muy eficaz, que en tiempos oscuros adquieren un magnetismo erótico que no tiene comparación, en el plano límbico, con el discurso racional, con la apelación a la mesura y a los valores que sostienen el mundo, como la paciencia, la confianza en el mañana, el esfuerzo permanente por conocer y comprender, y la rectitud moral.

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