22-03-17

22 Mar

Cuando se lee Historia del XIX y XX español es común encontrarse la expresión bienes de manos muertas. Eran las fincas, los enormes latifundios y grandes extensiones de tierra fértil, que por lo normal pertenecían a unos pocos propietarios quienes vivían de lo que rentaban cultivos extensivos que no aprovechaban la riqueza de tales inmensidades. Estas inmensidades estaban situadas casi siempre en el mediodía del país: Extremadura, Andalucía, La Mancha. La consecuencia de tal estado de cosas, amén de la improductividad general de la economía rural, era dejar durante meses sin nada que hacer a muchísimos campesinos que no tenían apenas dónde caerse muertos. He parado mientes en esto, en los bienes de manos muertas, al escuchar esta mañana en la COPE, en el programa de Carlos Herrera, a Alfonso Gómez de Celis. Este hombre, apparatchik socialista, es el director gerente de la Agencia Pública de Puertos de Andalucía, la empresa pública mediante la cual el gobierno autonómico andaluz controla los puertos deportivos de titularidad pública de toda la región. Esto es: el entramado burocrático que le sirve a la nomenklatura que vive a costa del erario autonómico para regular la actividad económica privada en tales lugares (desincentivándola, usando la jerga economicista, mediante el bloqueo sistemático de toda iniciativa que pretenda avivar estos focos de crecimiento potencial de lugares con frecuencia deprimidos) por un lado, y para desterrar con sueldo de oro a desechos de tienta y adversarios internos en potencia dentro del angosto circuito del poder regional. Me hizo gracia advertir cómo este hombre, por lo visto lugarteniente en Andalucía de Pedro Sánchez, imaginaba un futuro en el que él, como parte del equipo director del nuevo PSOE, rediseñaba el Gobierno de España en función de alianzas parlamentarias hipotéticas. Mientras tanto, en pequeños puertos deportivos de municipios pequeños como Chipiona (hablo de lo que conozco), intente usted poner un kiosco.

Si no fuera por el sol y la comida, España resultaría inhabitable. Como decía Epicuro, no hay que meterse en política.

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