Lo que ha quedado de todo aquello

5 Abr

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Se ha vuelto a hablar en estos días del Guernica de Picasso, por que van a cumplirse 80 años del bombardeo alemán sobre Guernica que dio pie a su realización, y de su realización misma. Se suele olvidar o dejar en un segundo plano el contexto en el que se dio a conocer la obra al mundo, que fue la Exposición Internacional de París del año 1937. Quiero hablar sobre aquella Expo. Estaba dedicada a la técnica y su incidencia en la vida moderna, por supuesto. Hay, en particular, una foto, que me subyuga desde que la vi por primera vez. Es la que encabeza este texto. Está tomada desde el Palacio de Chaillot, el feo mamotreto por el que se derruyó para la ocasión el viejo y precioso palacio neobizantino del Trocadero.

Creo que la frase “una imagen vale más que mil palabras” es una absurda tontería, pero también creo que si alguna imagen sirve de metáfora que no necesite palabras para explicar algo, es esta fotografía. Esta foto es el siglo XX de Europa. En medio, la Torre Eiffel, como estallando, envuelta en una nube chisposa de fuegos artificiales. Parece una botella de champán siendo descorchada. El champán es útil para la imagen: se suele sacar y beber sin medida cuando uno está alegre, cuando festeja, o cuando quiere olvidar. Europa, en 1937, era una aristócrata arruinada y frívola que no quería mirar, ni saber, como el patriarca de los Rostov en Guerra y Paz, que decidió morirse tras gastarse todo lo que tenía viviendo como si el dinero no se le estuviese acabando. Europa, en 1937, es esa Torre Eiffel explotando. Tres años después iba a colgar de sus faldas el pendón de los conquistadores.

A la izquierda, según miramos, se levanta el bloque rectilíneo, compacto, de apariencia indestructible, rectángulo colosal alumbrado por una cinematográfica luz áurea, del pabellón de Alemania. Salió de la mente de Speer, naturalmente, y al mirarlo aún hoy puede uno figurarse que podía haber durado mil años, como el III Reich que encarnaba, y que al final sólo duró doce. A la derecha, al otro lado del Sena, la mole rusa de Boris Iofan, el arquitecto de Stalin: una plataforma pétrea que va sucediéndose en bloques hasta coronarse, como si los pariese, con dos mujiks gigantes, un hombre y una mujer, los nuevos rusos, pareja epítome del homo sovieticus. Frente a la hoz y el martillo bolcheviques, Hitler mandó colocar, aún más alto, un águila de bronce de nueve metros de altura. En la foto se ve muy claro el reto, el duelo, el desafío entre dos potencias apocalípticas que creían portar la semilla de la verdad, tan semejante a la de la locura. En medio, de árbitro, el río que había hecho nacer Francia, es decir, la Francia misma, la Francia vieja, la matrona de la democracia liberal y burguesa europea, la misma que estaba a punto de sucumbir, ciega y frívola, en la noche totalitaria.

Pero más tenebrosa, literal y alegóricamente hablando, me resulta otra fotografía. Es un calco de la descrita, pero sin colorear. Los detalles tienen un relieve más diáfano, más reconocible. Más natural. Por eso da más miedo. No hay luz, es como si ya hubiésemos entrado en la noche de la barbarie. Hitler llegó a París tres años más tarde, y Stalin se lamentó, ocho años después, de no haber podido enseñorearse de ella como sí lo había hecho Alejandro I en 1813. París era la presa, París era el botín. El pabellón alemán y el pabellón ruso se correspondían con dos reescrituras del hombre, monstruosa aberración que por más muertos que cueste siempre conserva el halo fascinador de los delirios.

La Torre Eiffel parece liliputiense, una enana insignificante, mera exposición aburrida de la técnica por la técnica (levantar una torre de hierro sin ninguna utilidad más que la belleza, los totalitarismos que aspiran a la eternidad no pueden entenderlo) en medio de esos dos magníficos tótems de lo absoluto: la democracia, apellidada burguesa como menosprecio (la del pueblo siempre es mejor porque la del pueblo siempre tiene aspiraciones teleológicas, ¿qué tontería es esa de organizarse en libertad sencillamente para disfrutar de la vida, pudiendo inmortalizarse en el martirio por una misión providencial?) queda como una antigualla obsoleta y superada por el futuro. Por la velocidad destructora de Marinetti. Cada pueblo tiene un futuro, como decía Shátov en Los demonios refiriéndose a Dios, pero sólo uno es el verdadero, por tanto cada pueblo debe aniquilar el futuro y el Dios de los demás, hasta que prevalezca el auténtico. Y el auténtico no puede hacer el aperitivo tomando el sol a la orilla de un río tan despreocupado como el Sena, por eso París era el botín, París era la presa. Francia, nosotros, que estamos mirando y que estuvimos tan cerca.

Mussolini también mandó levantar frente a los dos mamotretos totalitarios su trampolín arquitectónico, evidentemente culminado con una estatua ecuestre de sí mismo. Imperial, autoritario, fiero, comandante, como son siempre los regímenes que castran, castrenses. En medio de aquella debacle cosmológica, España estaba en guerra. Su República la establecieron un puñado de profesores, periodistas, filósofos y escritores que sólo querían que España se pareciera a Francia y a Gran Bretaña. Pero en 1937, ni Gran Bretaña ni Francia se parecían demasiado a sí mismas y la República española estaba más cerca de la Unión Soviética que del ideal socioliberal, ilustrado, contenido, racional, representado por más señas por la solitaria Torre Eiffel chorreando de champán en el centro de dos ogros.

En ese pequeño y feo pabellón español, cajita de cristal, diminuta, austera, republicana en la forma y en el fondo, el mundo vio por primera vez el Guernica. La Legión Cóndor había bombardeado España. En Versalles se aprobó que Alemania no tuviera aviones de guerra. Pero en Versalles también era de noche. Al cabo, ninguno de esos pabellones existen ya. Ni el Reich, ni el Soviet de todas las Rusias. El Guernica se marchó al MOMA, a los Estados Unidos de América, donde termina siempre custodiándose la cadena genética de Europa cuando los europeos se empeñan en corromperse. En 1981 regresó al país en el que fue concebido. Nada queda ya de las monstruosas tabulas rasas nazi y bolchevique, de las reconstrucciones del hombre a escuadra y cartabón; sólo el Guernica, testimonio del sufrimiento, único fruto podrido de todo aquel siglo.

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