24-04-17

24 Abr

Terminando de leer El adolescente, novela farragosa de Dostoyevski, quizá la que más (notable refinamiento del melodrama, del que me ha sorprendido su lentitud y espesura, rasgo desconocido sobre todo en el Dostoyevski maduro y pleno de facultades narrativas del final) he encontrado no obstante, una maravillosa reflexión acerca del abismo. El abismo es el nombre, que creo se lo oí por primera vez a Arcadi Espada en este programa de Dragó del año 2005 (por supuesto, di con él en Youtube, más de una década después de su emisión), con el que se refirió a la vida del hombre sin Dios. Es decir, ese pensamiento nebuloso, pero que creo muy común en quienes no profesan ninguna fe religiosa, que sencillamente asume que no hay vida más allá de la muerte, de ningún tipo, y que, conocido este hecho en vida del individuo (naturalmente), o intuido, depara una conciencia distinta del valor de la propia existencia. De alguna manera había que llamar al state of mind que alcanza uno cuando descubre que ningún camino racional le lleva a la creencia en una inteligencia sobrenatural que gobierna el mundo y que por lo tanto le tiene preparado un agradable reposo en el más allá, para cuando muera. Lo que voy a transcribir a continuación de El adolescente es algo que me ha resultado hermosísimo, por la claridad y sencillez con la que Dostoyevski expresa una percepción tan compleja, una verdad que al desnudo abruma por su terrible simplicidad:

“-Me imagino, querido mío- empezó él con una sonrisa pensativa-, el combate ya terminado y la lucha calmada. Después de las maldiciones, las pelladas de fango y los silbidos, viene la calma, y los hombres se quedan solos, como ellos querían; la gran idea de antes los ha abandonado; la gran fuente de energía que hasta aquí los ha alimentado y calentado se ha retirado, como el sol majestuoso y seductor del cuadro de Claude Lorrain, pero ahora es el último día de la Humanidad. Y de pronto los hombres han comprendido que se han quedado completamente solos, han sentido bruscamente un gran abandono de huérfanos. Mi querido pequeño, yo nunca he podido figurarme a los hombres ingratos y embrutecidos. Los hombres convertidos en huérfanos se apretarían inmediatamente los unos contra los otros, más estrechamente y más afectuosamente; se cogerían de las manos, comprendiendo que de ahora en adelante son totalmente los unos para los otros. Entonces desaparecería la gran idea de la inmortalidad, y sería preciso reemplazarla; todo aquel gran exceso de amor para lo que era la inmortalidad se volvería hacia la naturaleza, hacia el mundo, hacia los hombres, hacia la menor brizna de hierba. Se prendarían de la tierra y de la vida irresistiblemente, y en la medida misma en que progresivamente irían dándose cuenta de su estado pasajero y finito, considerarían todo aquello con un amor especial, que no sería ya el de antes. Notarían y descubrirían en la naturaleza fenómenos y misterios hasta entonces insospechados, porque la mirarían con ojos nuevos, con una mirada de amantes hacia su bienamada. Se despertarían y se apresurarían a abrazarse los unos a los otros, se darían prisa en amarse, sabiendo que sus días son efímeros y que es todo lo que les queda. Trabajarían los unos para los otros, y cada cual daría todo a todos y con eso sería dichoso. Cada niño sabría y comprendería que todo hombre en la tierra es para él un padre y una madre. Que mañana sea mi último día, se diría cada cual mirando al sol poniente; yo moriré, poco importa; ellos permanecerán, todos, y, después de ellos, sus hijos, y ese pensamiento de que permanecerán, continuando amándose y temblando los unos por los otros, reemplazará la idea del reencuentro de ultratumba. ¡Oh!, cómo se apresurarán a quererse, para ahogar la gran pena de sus corazones. Serán orgullosos y atrevidos para con ellos mismos, pero tímidos para con los demás; cada uno temblará por la vida y la felicidad de cada uno. Serán tiernos unos con otros y no tendrán vergüenza como hoy de acariciarse como niños. Al encontrarse, se mirarían con una mirada profunda y llena de inteligencia, y en sus ojos habría amor y pena”.

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