Tres minutos largos de un futuro espléndido

8 May

Venció Emmanuel Macron en la segunda vuelta, y será el Presidente número 25 de la República Francesa, octavo desde que se instauró la quinta edición de la misma. Mientras que en España lo usual es, desde los años 80, que el Jefe del Gobierno electo bote y haga muecas en el balcón de la sede de su partido acompañado de su mujer y de su corte, a menudo algo achispada, con profusión de banderitas del partido y de cánticos burlescos dirigidos a las facciones contrarias, Macron elevó la comunicación política con una lección de maestro. Los símbolos no dan de comer, pero arropan el alma. Tal es la naturaleza de la representación estética del Presidente electo francés anoche en el Louvre. Vestido con un sobrio traje azul oscuro, con ese gabán republicanísimo -el gabán de Thiers y de Clemenceau, el gabán de los grandes hombres de Estado del siglo XIX- que es el icono del orden burgués, esencialmente europeo y genuinamente francés, Macron desfiló por la explanada del más antiguo centro de poder francés: Las Tullerías, allí donde desembocan todas las oleadas revolucionarias que ansían el trono de Francia. Napoleón salvó al Directorio cañoneando a la plebe a pocos metros de allí; Macron, nueve años mayor que el Corso cuando éste se hizo Primer Cónsul, encarnó durante los tres minutos que duró su paseo el ethos cósmico del sistema francés: “Europa y el mundo nos quieren defendiendo la Ilustración y la libertad”. Esas fueron sus palabras al alcanzar el atril, cuyo eco rebotó al instante por todas las estaciones de repetición del mundo global en el que nos ha tocado vivir. En ese patriotismo cívico, verdadera aportación de Francia al mundo, en ese nacionalismo que excluye lo étnico para hacer que prevalezca lo racional (esta y no otra es la transgresión absoluta, por eso es una conquista funambulista, siempre al borde del precipicio, siempre al albur de cómo respire la cuenta corriente del ciudadano medio) sobrevive la convicción francesa de ser la última frontera frente a la debacle. Es un sentimiento que no existe en ningún otro lugar del mundo, ni siquiera en los Estados Unidos de América. A menudo va acompañado del drama, de un existencialismo funesto para la propia Francia, casi siempre debatiéndose consigo misma, nunca satisfecha. Macron, impecablemente vestido de estadista pequeñoburgués, camina por el suelo de piedra secular del Louvre, cenizas de la vieja monarquía omnímoda sobre la que se asienta Europa: es el tendero, el comerciante, el campesino, el artesano, el panadero, el industrial, el banquero y el estudiante, penetrando las sombras del cielo tibio de París, a ver si hallan alguna pista del futuro. Con el Himno de la Alegría de fondo, melodía de la ensoñación confederal de Napoleón (no en vano, Beethoven le dedicó su Tercera Sinfonía, L´Eroica), que quería unir a todos los pueblos de Europa bajo la inspiración moral de Francia. Ayer Macron, o su asesor de comunicación, lo consiguieron durante tres minutos largos.

Addenda: Macron quería ayer abrazar en su triunfo no sólo a Francia, sino al mundo. Es la atractiva ambivalencia del nacionalismo cívico francés, que habla para dentro (¡la France!) y para fuera (¡la Republique!) y por eso propios y extraños pueden fascinarse a la vez con la tricolor y La Marsellesa, pues ya se sabe que Francia es la patria de todo el mundo. Macron quería eso. ¡Una eucaristía! Por eso no hubo palabras durante su paseo, todo un travelling cinematográfico. Lo decía todo la música. Su porte fue senatorial, un auténtico tribuno de la antigua república romana. Muy distinto del Obama pop que se despidió en Chicago, siendo anunciado como en un ring de Las Vegas: Ladies and gentleman, the 44º President of the United States, con U2 de fondo. Por que aquel discurso de Obama tenía también una connotación ecuménica, cuyo mensaje no era de esperanza, sino de resistencia, un tanto amarga.

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