Insomnes y febriles haciendo la revolución

11 May

9788446022145

Va a hacer cien años en octubre (según el calendario gregoriano) que el Partido Bolchevique ruso tomó al asalto el poder en San Petersburgo, y un periodista americano, a la sazón comunista, estuvo allí y lo contó. A pesar de la no disimulada simpatía de John Reed, un chico de Harvard, por los bolcheviques, dejó un testimonio veraz, un texto en el que pugna por salir la memoria humeante, fétida y sangrienta de la revolución dentro de la Revolución. Y esto es así porque Reed, además de no ocultar de qué lado estaba, también decidió contar todo lo que veía. A esa honestidad le debemos los lectores contemporáneos una crónica vibrante, recorrida por la tensión violenta del momento, escrita con una prosa viva y habilísima en la creación de imágenes, una prosa pictórica: “Eran las seis de la mañana. La noche había sido fría y pesada. Sólo una luz débil y pálida, como ultraterrena, se abría paso tímidamente por las calles silenciosas, haciendo palidecer las hogueras de los centinelas. La sombra de un temible amanecer se levantaba sobre Rusia”.

John Reed tenía 30 años en ese otoño de 1917. Los rusos habían derrocado al Zar hacía tan sólo unos meses, en marzo; la institución seminal del país, política y reliogiosamente, sucumbió a la catástrofe humana y material de la Primera Guerra Mundial. Su caída había abierto una sima abisal en el corazón de Rusia, sus dos capitales: la espiritual, Moscú, y la administrativa, Petrogrado, nombre con que se había bautizado la joya del Golfo de Finlandia fundada por Pedro el Grande doscientos años antes con la idea de que acunase una nueva Rusia, europea y moderna. Allí estaba Reed, veterano de revoluciones: desde 1913 había cubierto para varias revistas y diarios de Nueva York la Revolución Mexicana. La situación dentro de la ciudad era un auténtico maëlstrom, pero Reed tenía tablas: ya con los bolcheviques en el poder, y a pesar de contar con un salvoconducto expedido por el mismo Soviet de Petrogrado, estuvo a punto de ser fusilado por dos milicianos analfabetos frente a la tapia de una isba perdida de la mano de Dios, en el frente de Tsarkóye Sélo. Pero antes de eso, en los días del golpe contra el Gobierno Provisional de Kerenski, podemos verlo entrar y salir a placer del mismísimo Palacio de Invierno, por que Reed, de la escuela de Chaves Nogales, era de los reporters que se arrimaba a cualquiera, preguntaba a todo el mundo y prefería que le llamaran la atención por pasarse de listo, que pedir permiso. Gracias a eso, tenemos fotografías en tinta de la toma del último bastión menchevique, la vieja residencia oficial de los Romanov, por la boca misma de uno de los marineros de los buques anclados en la rada de Petrogrado que participaron en la conquista, en la madrugada del 10 de noviembre: “A eso de las once vimos que por la parte del Neva no quedaba ni un junker. Entonces nos lanzamos a la puerta y echamos escaleras arriba, unos solos, otros en pequeños grupos. En el rellano de arriba, los junkers los detenían a todos y los desarmaban. Pero seguía llegando gente nuestra hasta que fuimos mayoría. Entonces nos arrojamos sobre los junkers y les quitamos los fusiles…”

La crónica de Reed comienza en los últimos días de octubre, y alcanza la primera quincena de noviembre. En ese tiempo se resolvió todo. Desfilan por el libro infinitos hombres exhaustos que, nota predominante de las descripciones, no dormían. Es frecuente ver a Reed moverse arriba y abajo por el Instituto Smolny, sede del Soviet de Petrogrado y de la asamblea legislativa resultante de la revolución de marzo (el Comité Ejecutivo Central) caminando apretujado por entre una masa humana amorfa y pestilente, que sólo hacía fumar y discutir, dar órdenes, gritar, negarse, conminarse frenéticamente entre sí y caer rendida al suelo a altas horas de la madrugada, llegada al límite de la resistencia física. Lenin y Trotski se aparecen en las páginas de Reed como verdaderos ascetas, viscerales, iracundos, poseídos por una fanática fe en la providencia. Por momentos, el lector se halla enterrado bajo montañas de panfletos, folletos, proclamas y circulares: la revolución se hizo gastando mucho papel. Se desentraña, en la crónica, la estrategia de los bolcheviques, finalmente triunfante: forzar el traspaso de los poderes legislativos y ejecutivos desde las instituciones surgidas tras la caída de Nicolás II, y por tanto uncidas por la legitimidad revolucionaria, hacia los Soviets, bajo el amparo del Congreso de los Soviets de Todas las Rusias, superestructura comunitaria de raíz prerrevolucionaria cuyo control fue aprehendido gradualmente por los bolcheviques entre julio y octubre.

Tras la maniobra, el choque militar. La guarnición de Petrogrado y las milicias de obreros industriales, casi todas hijas del Vyborg (barrio que Reed llama el St. Antoine peterburgués) asedian el Palacio de Invierno, donde los ministros del Gobierno Provisional se aíslan del mundo, empeñados en mantener a Rusia en la guerra mundial a toda costa. Reed abruma al lector, pero ese efecto es, en justicia, digno de elogio: está contando una revolución, y la anarquía y la terrible incertidumbre transpiran las páginas, embotando al que la sigue con infinito jaleo de siglas, casi todas parecidas. Al final, la ilusión de una democracia representativa, al uso liberal europeo, fue defendida por un puñado de junkers recién salidos de la academia, asustados y borrachos, hacinados en palacio y custodiando de cualquier manera una explanada cercada por milicianos y desertores embravecidos por la mística. Kerenski se fue cuando la tierra sólo temblaba, y luego amagó con marchar sobre Petrogrado desde la Stanka, el Cuartel General del ejército ruso en el Frente Oriental, con unos regimientos fantasmales. Nadie sabía nada cierto, y el trampantojo de otro golpe contrarrevolucionario como el de Kornílov era agitado por los bolcheviques para azuzar a las masas urbanas a la captura del poder. El único contrapoder real que encuentra en su camino el Soviet de PEtrogrado es la orgullosa Duma Municipal, última institución electa de Rusia hasta los años 90. Para desactivarla se ponen en marcha las primeras medidas de censura y embargo de la prensa, al tiempo que se decreta el fin de la propiedad privada y la retirada de Rusia de todos los frentes de batalla. Lenin y Trotski se materializan en las páginas de Reed como dos figuras jupiterinas, colosos que traen a empellones un mundo nuevo, que todo lo iba a cambiar.

“Los bolcheviques”, dice Reed, “conquistaron el poder no a través de compromisos con las clases dominantes o con otros líderes políticos ni resignándose con el viejo mecanismo de Gobierno. Pero tampoco mediante la violencia organizada de una pequeña camarilla. Si las vastas masas de la población rusa no hubieran estado listas para la insurrección, ésta habría fracasado. La única razón del inmenso éxito de los bolcheviques reside en que cumplieron los profundos y simples deseos de las más vastas capas de la población, llamándolas al trabajo para destruir y barrer lo viejo para erigir luego con ellas, sobre el polvo de las ruinas demolidas, el armazón del mundo nuevo”.

Pero Reed no se engaña: la revolución de los soviets sólo se sostendrá ganándose al campesino, mayoría superlativa de la Rusia trabajadora, y por tanto, conservadora. Los bolcheviques conservaron Petrogrado por la pura inercia de los acontecimientos: eran los mejor preparados para atacar y defenderse, y el poder militar de Rusia se había desintegrado. Pero nadie tenía fuerza para imponerse a los demás, y los bolcheviques mantuvieron el equilibrio en un mundo enfangado por la guerra, la miseria y el desorden. Reed no vio toda la guerra civil, murió en el año 20, de tifus. Está enterrado en el Kremlin. Era optimista. No le dio tiempo a vivir el advenimiento de Stalin, mencionado sólo un par de veces en el libro. A Moscú nos lleva en una de las más memorables escenas del libro: la apertura de una fosa colectiva bajo las murallas rojas de la capital sagrada, recién tomada a las fuerzas mencheviques, eseristas, socialburguesas en definitiva, entre los que, no se cansa Reed de repetir, “no vi nunca ningún obrero”. Junto a las tumbas de los zares que habían gobernado Rusia desde la retirada de los mongoles, la plebe rusa, liberada de la servidumbre hacía menos de 50 años, enterraba ahora a los mártires de la Revolución. “Uno tras otro fueron bajados a la fosa los quinientos ataúdes. Oscurecía ya y las banderas seguían ondeando y susurrando en el aire, la banda tocaba la Marcha fúnebre y el mar humano cantaba. Sobre la tumba, en las ramas desnudas de los árboles, como raras flores multicolores, pendían las coronas. Doscientos hombres empuñaron las palas y empezaron a llenar la fosa. La tierra golpeaba sordamente en los ataúdes y los golpes secos se oían claramente a pesar de la canción. Se encendieron los faroles. Pasaron la última bandera, pasó, mirando atrás con terrible intensidad, la última mujer llorosa. La oleada proletaria se retiró lentamente de la Plaza Roja…Y comprendí de pronto que el devoto pueblo ruso no necesitaba ya sacerdotes que le ayudasen a impetrar el reino de los cielos. Este pueblo estaba construyendo en la Tierra un reino tan esplendoroso como no lo hay en ningún cielo, un reino por el cual es una dicha morir…”

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