Pequeño mundo de autor

31 May

9788484289210

Se puede leer Los hermanos Karamázov y leer con ella todo Dostoyevski. No se lo recomendaría a nadie, naturalmente, puesto que así se perdería uno obras capitales de la literatura universal como Crimen y castigo, El idiota o Los demonios. Pero todo Dostoyevski está en su última obra, que es un compendio genial de sus ideas, de sus temas. Lo decía Houllebecq: no hay ideas nuevas en Los hermanos Karamázov, nada que Dostoyevski no haya expuesto ya en sus otras creaciones. Pero está todo al mismo tiempo. Supongo que no fue deliberado, sino el fruto de toda una vida de sedimentación y acopio. Sólo al mejor novelista de todos los tiempos le podía salir un epígono tan circular para acabar su vida y su obra, y perfecto paisaje donde la pugna del ateo desesperado contra la certeza macabra de que Dios no existe, la admiración por Jesucristo y su martirio, el amor infinito hacia el pequeño, débil y miserable, la comprensión completa del hombre y del pecado, la responsabilidad del individuo ante el crimen y la impenetrabilidad de la muerte, figuran en él como partes de un mismo decorado. De sus Meninas.

La pregunta recurrente siempre es: Tolstoi o Dostoyevski. Para mí, Tolstoi escribe mejor que Dostoyevski, en el sentido formal, estilístico. Es un excelente creador de imágenes, su prosa fluye estéticamente a través de lomas y valles narrativos, con abruptos intervalos de reflexión humanista. En eso, Tolstoi es un escritor de la estirpe de Victor Hugo, incluso de Dumas, apurando. Dostoyevski no escribe bonito, porque Dostoyevski describe, como el forense haciendo la autopsia: taja un órgano, un músculo, un trozo de carne humana, y vemos, en el corte vertical, las venas, los capilares, los vasos sanguíneos, la médula, los tejidos, las fibras que componen al hombre. Nadie como él ha plasmado con tal exactitud el deslizar del pensamiento humano, que no es ni lineal ni coherente. El abstruso mecanismo mediante el cual el cerebro formula pensamientos y alcanza estados de lucidez plena después de salvar selvas espesísimas de semiinconsciencia y delirio nervioso: eso es lo que nos ha legado Dostoyevski, esa es su incomparable grandeza. A través de él comprendemos cómo un individuo cualquiera, en medio de una situación dada y acuciado por innumerables circunstancias contradictorias, decide en efecto hacer una cosa y no otra. La vida.

El hombre piensa a saltos, avanza y retrocede, se despista, retoma luego el hilo, se acuerda súbitamente de tonterías y disparates en los momentos más delicados de su existencia. Lo dice varias veces Dostoyevski, sobre todo en El idiota, cuando el príncipe Mishkin le cuenta, al principio, a las señoritas Epánchinas el relato de un hombre camino del cadalso (detalle autobiográfico fundamental); luego lo repite, también en Los hermanos Karamázov: el hombre es capaz de distraerse y rememorar una tarde en apariencia olvidada, de cuando era niño y caminó por el parque de la mano de su madre, comiéndose un helado, justo cuando sube los peldaños del patíbulo. Por eso, la escritura de Dostoyevski no es amable, ni sencilla, como no lo es la comezón psicológica de los comunes mortales. Los temas que le obsesionaron tampoco resultan amenos: no quedan bien en las fotos de Instagram, no son lecturas de playa. Leyéndolo, uno puede figurarse que era un ateo angustiado por la fe. Es decir, cuya monomanía era esa fijación, típica en una clase concreta de ateos, en la vida extraterrena: quería creer en Dios y admiraba honestamente a Jesucristo, pero era un materialista, un positivista de su época. Le resultaba imposible creer, por eso, si hay que encontrarlo en su obra, si hay que buscar su autorretrato al uso velazquiano en las Meninas, Dostoyevski es el suicida, Kirilov. Una vez que el hombre ha derrocado a Dios, se ha convertido en su propia deidad, y por lo tanto, no le queda sino matarse.

Dostoyevski no se mató, por que él creía en Rusia. Creyó hasta el final, seguramente salvado del hastío de su Stavroguin por el amor, el amor universal. Ridiculizó el afán europeísta de la intelligentsia marxista y liberal; creía en la Iglesia ortodoxa en tanto estructura rusa, pura en su esencia popular, en su condición de espina dorsal de lo ruso, tan alejada de la Iglesia-Estado romana. Es curioso cómo su obra acaba de forma cíclica: empieza con un niño enfermo al que le compran libros de Pushkin y al que se arropa y cuida hasta la muerte en Pobres gentes, y termina con otro niño enfermo, moribundo y pobre, cuya desaparición deja una comunión espontánea entre un adulto, Aliosha Karamázov (el príncipe Mishkin, el protagonista bueno e ingenuo de las Noches Blancas) y unos niños consternados que han conocido por primera vez el bien, a través del mal primitivo y feroz, propio de la infancia. Dostoyevski está empeñado en redimir a los niños, que casi siempre en sus libros caminan desde la desconfianza y el recelo hacia la virtud. La redención no deja de ser una pretensión absoluta en el universo de Dostoyevski: Rodia Raskolnikov la alcanza picando piedra siberiana tras su crimen, hasta Dimitri Karamázov aspira a ella tras el juicio, y el autorcillo caricaturesco de Los demonios consigue, en su lecho de muerte, perdonar y perdonarse por una vida de indiferencia y banalidad. Quizá la redención en Dostoyevski esté vinculada a la imagen más poderosa de todo su corpus literario: el cuadro descrito en El idiota, el cuadro en la casa de Roghozin, un cuadro de Cristo muerto, recién bajado de la cruz. Su cuerpo, mutilado, destruido, asombra a Dostoyevski: ¿cómo el hijo de Dios, el ser que reúne todas las potencias del Universo, el ser que trajo al mundo el bien y que asumió la interminable batalla cósmica contra lo malo y lo mezquino, puede yacer ahora exánime y devastado por la mano del hombre? ¿Qué pensarían sus discípulos, al ver al depositario de su indómita fe, caído y roto por la maldad de la Tierra? Es imposible, leyéndolo y recreando la imagen, creer en Dios. Seguramente, para Dostoyevski también lo fue.

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