El hombre del Belerofonte

30 Jun

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Después de Waterloo, Napoleón llegó a París el 21 de junio por la mañana. Mientras descansaba, exhausto, Fouché encabezaba el último golpe de Estado. Al día siguiente, evitando un baño de sangre inútil, el Emperador abdicaba por segunda vez, renunciando a todos los derechos imperiales en favor de su hijo. Se retiró a la Malmaison, residencia que fue de su gran amor Josefina; prusianos y rusos avanzaron hacia París, circunstancia que lo llevó a ofrecerse como simple general al gobierno provisional que se había formado tras su renuncia. Fouché rehusó y puso una fragata a su disposición para que huyera a los Estados Unidos. En Rochefort, a donde llegó el 3 de julio, se encontró con que la Royal Navy había bloqueado el puerto. 

El 14 de julio, día de la Revolución, Napoleón le escribió al rey de Inglaterra desde la isla de Aix. Oficialmente proscrito por el nuevo rey de Francia, Luis XVIII, le pedía clemencia y magnanimidad, aludiendo en tan difícil coyuntura al salvador de Atenas en Salamina, que requirió de la hospitalidad de su viejo enemigo persa al final de su vida: “víctima de las facciones que dividen mi país, y de la hostilidad de los poderes europeos, he terminado mi carrera política; y vengo, como Temístocles hizo, a pedir un sitio en el corazón del pueblo británico”. Se puso bajo la protección de la ley de su más encarnizado enemigo, rogándosela a “Su Alteza Real, como el más fuerte, más tenaz y más generoso de mis enemigos”. Subió a bordo del Belerofonte, un buque de la Marina británica que llevaba el nombre del héroe griego que mató a la Quimera. El capitán, un tal Maitland, aseguró de palabra, según Ludwig, que Napoleón “recibiría en Inglaterra todas las consideraciones debidas a su persona; nosotros somos generosos y democráticos”. A pesar de ello, no se descubre cuando Bonaparte sube a su embarcación saludándole con su mítico tricornio. Sin embargo, el almirante Hotham tenía el encargo de tratarlo como un prisionero, tal y como los aliados habían acordado tiempo antes en Viena. La carta con la petición de Napoleón corre hasta Londres mientras el Belerofonte navega hacia Inglaterra, a donde llega el 24 de julio.

Cuenta Ludwig que en la rada de Plymouth “millares de pequeñas embarcaciones cruzan el puerto para ver al ilustre prisionero. No habiendo llegado aún la respuesta de Londres, no se admite a bordo ninguna visita”. Napoleón jamás estuvo tan cerca como entonces de la tierra británica, que tantas veces soñó con conquistar. “Pero apenas sale de su camarote”. Napoleón siempre se ensimismó con la idea de invadir Inglaterra apoyándose en un levantamiento popular, que al estilo revolucionario francés, derrocase a la monarquía y lo aclamase a él como libertador de la plebe británica. Acarició ideas que luego serían explotadas, más de un siglo después, por Lenin y Stalin: subvertir el orden interno del enemigo persuadiendo a su población mediante propaganda. Sigue Ludwig: “No obstante, un día se decide a subir al puente para tomar el aire. He aquí al enemigo vencido, inerme, vestido con su famosa levita verde. Millares de miradas se clavan en él, asaeteándole. Pero este hombre, de aspecto sencillo e impenetrable fisonomía, irradia al dignidad y sufrimiento, que un hecho extraordinario se produce: todas las cabezas se descubren; en los botes, en las barcas, en todo el puerto, tan lejos como alcanza la mirada de Napoleón, la muchedumbre permanece con la cabeza descubierta. El Emperador no manifiesta la menor sorpresa y es el único, ante aquella multitud que le saluda, que permanece cubierto con su tricornio. Hubiérase dicho que todo el país deseaba rendir al Emperador el homenaje que un capitancillo insignificante le negaba”.

Tres días después, Lord Liverpool, primer ministro, le comunica en nombre del gobierno británico que será desterrado a Santa Elena.

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