El padre fundador

10 Jul

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Dice Amaya Lacasa en el prólogo de sus “Narraciones completas”, que ella misma traduce e introduce para la edición de Alba de 2015, que Pushkin es para los rusos “la encarnación de su cultura y su idioma, quien los enseñó a hablar, a ser ellos mismos y a gozar de su propio idioma, a saber quiénes eran y qué sentían”. Recuerdo, a colación de esto, que tanto en Pobres gentes como en Humillados y ofendidos, de las primeras novelas de Dostoyevski, los libros de Pushkin siempre eran regalos preciados ofrendados humildemente a los moribundos con el esfuerzo y el ahorro del resto de los personajes principales; una suerte de placebo final, un consuelo moral definitivo para quienes se encamaban para morir. Pushkin es el Cervantes y el Shakespeare de la literatura rusa. El padre fundador, un árbol inmenso cuya savia alimentó y dio vida a todo lo demás. Es curioso observar el fenómeno en el sentido cronológico lineal: a Pushkin le sucedió Gógol, y a Gógol, una triarquía gloriosa: Dostoyevski, Chéjov y Tolstoi, como en una sucesión de peldaños sustentados en un basamento firme.

El basamento es Pushkin, el primero que se atrevió en Rusia a escribir en prosa. La recopilación de Alba no recoge sus dos textos más famosos, los poemas de Eugenio Oneguin y El prisionero del Cáucaso. No hace falta para hacerse una idea del tamaño literario de un coloso del romanticismo que, sin embargo, se fue al mar tenebroso de la prosa en un bergantín austero; velamen raído y tres cañones por banda: y concisión, aspereza y tacañería. Hay algo terriblemente antitético en esa colisión; el romanticismo evoca desparrame y digresiones interminables donde la mano del escritor sangra y golpea. Pero Pushkin se niega. En ese sentido, es más romántico Tolstoi que Pushkin. Pero el bisnieto del negro de Pedro el Grande fue un romántico canónico en todo lo demás, ratificando con el ejemplo de su vida un muestrario temático lleno de héroes inverosímiles sujetos a una casuística improbable, a veces letal y fatídica, a veces benigna y gloriosa. Todos sus cuentos acaban bien o acaban mal. Es decir, acaban alto, en drama: a veces incluso en una suspensión trágica (como dice Richard Ford, “epifánico”, que evoca una cosmogonía). No hay eso que vendrá después, en los monstruos que lo siguieron: esa continuación imparable de la vida, sorda a nuestros torrentes interiores, indiferente al gigantesco, y tan pequeño, drama individual. Todo finaliza de forma abrupta en Pushkin, y uno a veces permanece maniatado en la última página, como el protagonista de La dama de picas, sin explicarse muy bien qué es lo que ha ocurrido.

Puede que su mejor relato sea Dubrovsky, la historia del noble arruinado que se hace bandolero pero que perdona a su archienemigo por amor a su hija. Ahí está el arco completo de la narrativa de su tiempo. El del héroe, que representa la aristocracia purasangre, de la más vieja solera rusa, enfrentado al comercio vil de la hidalguía y a la corrupción moral de quienes compran la nobleza con el dinero y el cohecho. Están en Pushkin ya los tipos clásicos de los que proveerán Gógol, Dostoyevski y sobre todo Tolstoi sus novelas: los burócratas serviles que parasitan y van fagocitando, poco a poco, a sus superiores de cuna, aprovechando como sanguijuelas sin escrúpulos el nulo contacto con la realidad de príncipes, duques, marqueses y condes; la nobleza terrateniente farisea y podrida, esclava de las apariencias, ludópata, alcohólica y amoral; la juventud aristocrática desterrada de la Babilonia del Neva, Petersburgo, y enviada a las salvajes tierras conquistadas del sur, al Cáucaso, a los Cárpatos, al Mar Negro, en donde entran en comunión con la naturaleza en estado bruto, con la muerte truculenta y con los amores de novela imaginados por las señoritas de la corte. Con Pushkin vamos a la rebelión cosaca de Pugachov y a las precarias fortalezas de un imperio Romanov siempre en expansión, donde los grados más altos de las unidades militares más prestigiosas vienen dados incluso antes de nacer.

También hay mucha experimentación. El último apartado del libro recoge, bajo el epígrafe “Fragmentos”, notas y cuentos empezados. Bocetos, ideas esbozadas y luego retomadas en otros relatos posteriores. Da la sensación de que Pushkin, en prosa, se estaba probando a sí mismo.

Frases cortas, descripción precisa y a veces lacónica. Incisos controlados, el paisaje sólo entra en Pushkin como factor estimulante, actor protagonista (La nevasca) o brochazo sugestivo: las descripciones del Terek y de sus barrancos y cataratas trae de inmediato a la memoria Los cosacos de Tolstoi. Nunca explota Pushkin el filo admonitorio o místico del paisaje, nunca hay explosiones morales del escritor cuando contemplamos un cielo o un horizonte lleno de montañas blancas. Su bisabuelo fue un negro traído del África ecuatorial hasta Constantinopla por los mercaderes turcos, y regalado por el sultán al padre de la Rusia moderna, Pedro I. Pushkin conservó los genuinos rizos, la nariz y el perfil africano. En todo lo demás, también fue un outsider. Decembrista, sólo su talento lo salvó de la escabechina que siguió al golpe fracasado de los oficiales jóvenes afrancesados que quisieron derrocar al Zar. Conoció las entrañas infestadas de una patria a la que amó, y que en cierta forma, todavía estaba naciendo. Anticipó que el feto olía a muerto, y él mismo murió de un tiro en el pecho, de resultas de un duelo. Por amor, naturalmente.

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