El buen cónsul

2 Sep

 

d802305330-Diplomáticos españoles durante la Segunda Guerra Mundial-Sebastián Romero Radiagales

―Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
 Jesús replicó:
―¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?
Como respuesta el hombre citó:
―“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
―Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.
 Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:
―¿Y quién es mi prójimo?
Jesús respondió:
―Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
―El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.
―Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.

Sebastián de Romero Radigales nació en Graus, Huesca, el 20 de enero de 1884, hijo de Evaristo de Romero y Elena Radigales. Llegó al mundo en el seno de una familia políticamente conservadora: su padre fue senador vitalicio en la Restauración, y su hermano, miembro activo del Partido Agrario y durante la República, de Acción Agraria, llegando a ser incluso subsecretario de Agricultura y ministro temporalmente, en 1935. Abogado como ellos, Sebastián se decantó por la diplomacia. La buena posición de su familia le permitió pasar por los consulados de Nueva York, Tánger, Santiago de Cuba y Belgrado hasta que se hace cargo del consulado en Sofía, Bulgaria, en 1924. Acreditado por el rey Fernando I de Rumanía como cónsul español en la Moldavia rumana tres años después, donde conoce al amor de su vida, obtiene el puesto de cónsul en San Francisco en 1929. Niceto Alcalá Zamora, ya con la República, lo nombraría cónsul en Chicago: era 1934, gobernaba Lerroux, y Radigales había sido comisario del pabellón español en la Expo celebrada en esa ciudad en 1933.

En los albores del siglo XX comenzó en España un movimiento intelectual tendente a reconciliar a la nación con las comunidades sefarditas desperdigadas en distintos puntos de Europa y del Mediterráneo, sobre todo en Centroeuropa, los Balcanes y Asia Menor. A partir de la segunda década del siglo, se autorizan las primeras sinagogas y nacen instituciones culturales como la Alianza Hispano-Hebrea o la Casa Universal de los Sefardíes; todo esto en una era crítica del antisemitismo en Europa, cuyo correlato empezaba a ser un sionismo organizado que pretendía repoblar Palestina con judíos de todo el continente. El 20 de marzo de 1924, un decreto del general Primo de Rivera concedió la nacionalidad española a todos los “protegidos españoles y sus descendientes”, una fórmula jurídica que amparaba a “individuos pertenecientes a familias de origen español que en alguna ocasión han sido inscritas en Registros españoles y estos elementos hispanos, con sentimientos arraigados de amor a España, por desconocimiento de la ley y por otras causas ajenas a su voluntad de ser españoles, no han logrado obtener nuestra nacionalidad”.

La figura del protegido fue batallada por dos diplomáticos españoles tras las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913. Después de estos conflictos, Salónica fue incorporada al Reino de Grecia. La ciudad era el histórico centro receptor de la emigración judía de Europa oriental: en el siglo XVII, casi el 70% de su población tenía ese origen, y cuando la ciudad se incorporó al nuevo Estado griego, los sefardíes rondarían los 70 mil. En 1916, con Grecia en plena convulsión prebélica (sometida a las terribles tensiones entre los partidarios de los Imperios Centrales y de los Aliados, es decir, del rey Constantino y del estadista Eleftherios Venizelos), el Conde de Velle y Pedro de Prat, en representación del Gobierno español, consiguieron que 230 familias de Salónica (900 personas), previamente inscritas en el Consulado español, fueran reconocidas por Grecia como “protegidos” o súbditos de España. El acuerdo se llamó el Protocolo de Atenas, y sirvió de base para la nacionalización de 1924, cuyo registro se amplió sucesivamente hasta finales de 1933.

La situación de los judíos de Salónica cambió mucho entre 1917 y 1933. Un incendio devastador, la llegada masiva de griegos anatolios tras la debacle griega en la guerra con Turquía de 1919, la ley del descanso dominical obligatorio de 1924 y los pogromos de 1931 fueron vaciando la ciudad de judíos, que emigraron principalmente hacia Francia y Palestina, de modo que el número de sefardíes salonicenses registrados en las estadísticas de la legación española decreció hasta los 734, por los 58 que vivían en Atenas. Desde 1934, con la emergencia nazi en Alemania, las solicitudes de nacionalidad de sefardíes griegos se multiplican, y en España se teme una “desestabilización”, por lo que se ralentizan las concesiones hasta que en 1936 el cónsul español en Salónica, Rodríguez Montesinos, renueva el Pacto de Atenas. Merced a ello, otras 144 familias de la ciudad adquirieron la ciudadanía española. Sin embargo, esta renovación no sería oficial hasta que apareciese publicada en la Gaceta de la España nacional, en plena Guerra Civil. Era 1938, y esa gestión del cónsul iba a resultar decisiva algunos años después.

Todas estas familias, así como las que habían vivido en Salónica desde la expulsión de 1492, conservaban el tesoro cultural del judeoespañol, el español bajomedieval muy influenciado a estas alturas de la Historia por el francés y por el griego. En 1934 se funda en Atenas, a iniciativa de los cuerpos consulares y diplomáticos españoles, la Liga Hispano-Helénica, una sociedad eminentemente intelectual que promovió la enseñanza del español especialmente entre la juventud universitaria griega, así como la difusión del arte y de las manifestaciones culturales españolas en Grecia. Un asiduo de las actividades de la Liga era Sebastián de Romero Radigales, quien pasaba con frecuencia en Atenas sus vacaciones de verano. En 1937, Radigales, que lleva en Atenas desde el golpe de los generales en julio del 36 ejerciendo como Encargado de Negocios Extranjeros en nombre de Franco, es nombrado cónsul de la España sublevada en Atenas. La guerra también llega a la legación española en Grecia: Máximo José Khan era el cónsul honorario de la República en Salónica, desde donde organiza un flujo sistemático de barcos cargados de armas con destino a Valencia bajo la aquiescente mirada del dictador Metaxas, que detentaba el poder en Grecia desde 1936. Acabada la guerra española, Khan se instala en México y Radigales termina como cónsul general de España en Atenas, en 1943.

No puede haber mejor momento para la venida a Grecia de un hombre como Radigales. Grecia estaba ocupada por alemanes e Italianos desde 1941. No es hasta 1943 cuando los nazis acometen la limpieza étnica de los judíos de Salónica. España mantenía en la guerra mundial una neutralidad ambigua, claramente violada por los acuerdos más o menos discretos de colaboración entre Franco y Hitler. Aquella parodia duró hasta que en 1944 pareció evidente que la guerra la ganarían los Aliados. No obstante, en marzo de 1943, España continuaba siendo un actor no alineado de indudable tendencia proalemana. Cuando Radigales asume el control del consulado general español en Atenas, en abril del 43, pesa ya sobre los sefardíes de Salónica la orden alemana que los obligaba a abandonar el país antes del 15 de junio, so pena de ser tratados como el resto de judíos de Grecia y de todos los países ocupados por el Eje. Es decir, de ser despojados de ciudadanía, de sus bienes, deportados de sus hogares y confinados en campos de concentración, en virtud de las leyes de Nuremberg.

Una vez en Atenas, Radigales se puso manos a la obra. Había en aquel momento 510 sefardíes en Salónica pendientes de repatriación, un asunto que incomodaba al ministro Jordana y al propio Franco. Al argumento utilizado en época republicana (la desestabilización social y demográfica) se añadía el catolicismo supersticioso, místico, milagrero y simplista del nuevo régimen, cuyo catálogo incluía un antisemitismo más o menos propagandístico, trufado de alusiones a la masonería y al comunismo. Las órdenes remitidas a los diplomáticos españoles en Grecia era que “no se tomaran iniciativas personales”. Un mes después de la llegada de Radigales, el embajador de III Reich en Grecia se quejaba expresamente a su ministerio en Berlín de “las insistentes demandas de Romero” en la cuestión judía.

Las maniobras de Sebastián de Romero Radigales le enfrentaron tanto al Gobierno español como a la cancillería alemana. Sus gestiones lograron un aplazamiento del ultimátum de los alemanes, aunque nada más. “Mediante sugerencias el gobierno español dio a entender que la repatriación no le interesa”, informaba Von Thadden, apoderado alemán en Atenas. “Miembros de la embajada española se lo confirmaron explícitamente al Ministerio de Asuntos Exteriores. No se prevé intervenir ante el gobierno español. Otra prórroga de la solución de la cuestión judía en Salónica es inaceptable. Los judíos españoles se enviarán por el momento a campos de tránsito en el Reich. La embajada española local está informada. Ruego informar al encargado español en Atenas”.

Obrando al margen de sus superiores administrativos, Radigales compró una propiedad en Atenas para alojar a 150 sefardíes salonicenses a cargo del consulado español, pero no pudo evitar que el 1 de agosto, otros 366 fueran deportados a Polonia, donde llegaron 12 días más tarde. Sin embargo, la tenacidad del cónsul obtuvo un premio no menor, dadas las circunstancias: que estos judíos fueran dirigidos al campo de Bergen Belsen, considerado “de tránsito” para ciudadanos de países neutrales, como era España, y no a Auswichtz.

Es entonces cuando Radigales, al tiempo que consigue trasladar al protectorado británico de Palestina a los sefardíes refugiados en Atenas, intensifica su empeño para conseguir que España aceptara a los 366 de Bergen Belsen. Carteándose frenéticamente con Jordana en Madrid y el embajador español en Berlín, Ginés Vidal, supera sus negativas refiriéndose a la paupérrima imagen antisemita que España podía ofrecer al mundo. Los vientos de la guerra empezaban a soplar en favor de los Aliados, una circunstancia que Franco aprovechó con habilidad para perpetuarse en el poder a partir de 1945. Así, en febrero de 1944, España accedió a reclamar a sus 366 ciudadanos cautivos en Polonia, aunque pidió a Alemania que fuesen remitidos en grupos de 25, espaciados en el tiempo. Los alemanes, que no parecían entusiasmados por alargar la cuestión, insistieron en un único desplazamiento; al final, los sefardíes recorrieron el camino de vuelta a la vieja Sefarad en dos trenes.

El primero llegó a España el 10 de febrero, y el segundo, el 13, atravesando la frontera entre Cerbère y Portbou. Un despacho de Jordana a las embajadas en Sudamérica rezaba que “con el fin de que pueda contestar a la campaña antiespañola que nos atribuye una política racial, que el 10 y el 13 de febrero se permitió la entrada por la frontera de Portbou a 365 judíos de Salónica procedentes del campo de concentración alemán de Bergen Belsen, del que les permitieron salir únicamente gracias a nuestra activas gestiones, que continúan en referencia a otro grupo de sefardíes. Cuando llegaron a España, dieron emotivas muestras de gratitud a nuestro Gobierno por la ayuda que habían recibido”.

Estos 366 sefardíes no iban a estar mucho tiempo en la antigua patria perdida. El visado con que contaban, firmado por el propio Radigales, no les permitía la residencia. Pocos después fueron expedidos al Marruecos español. En ese mismo mes de febrero, Radigales tuvo que lidiar con la deportación de otro contingente, esta vez de sefardíes atenienses, quienes iban a ser despachados a Bergen Belsen a pesar de contar con el pasaporte español. El cónsul logró que los alemanes los transfirieran al campo de Haidari, en un suburbio de la capital, dada la desidia de España a la hora de reclamarlos. Radigales, un hombre de profundas convicciones según el testimonio de su nieta, nunca presumió de su hazaña. Continuó en Grecia como ministro plenipotenciario de España hasta 1954. Uno de sus méritos ulteriores había sido asegurar la propiedad de los bienes y de la hacienda de los sefardíes deportados de Salónica y Atenas. Después de su jubilación, fue condecorado por Franco con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil. Pasó su retiro, hasta su muerte (1970), en Villa Elena, la finca familiar en Graus. Da la casualidad, según cuenta Pirineo Digital, de que esa finca había sido incautada al comienzo de la guerra por el Ayuntamiento de Graus, quien la cedió al Gobierno de la República para el establecimiento en ella de una colonia de huérfanos de la guerra. “La familia nunca mostró disconformidad con este hecho”, reza la nota del periódico. En el año 2014, la Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto declaró al cónsul “Justo entre las Naciones”, merced a una petición del sefardí Isaac Revah avalada por una posterior investigación de la Raoul Wallenberg Foundation.

 

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