Paseando por el Hades

20 Sep

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En el canto XI de la Odisea, el héroe de Homero llega, exhortado por Circe, a “la mansión de Hades y Perséfone”. Es decir, al infierno, donde ha de entrevistarse con el alma del profeta tebano Tiresias. Busca allí una luz sobre su destino, y Tiresias se la da. “Anhelas un dulce retorno, pero lo hará amargo un dios. Porque auguro que no va a olvidarse el Sacudidor de la tierra, que mantiene en su ánimo rencor contra ti, de que dejaste ciego a su hijo. Mas aun así podéis regresar, aunque sufriendo pesares, si estás dispuesto a proteger tu ánimo y el de tus compañeros. Cuando arriméis vuestra nave bien construida a la isla de Trinacia, escapando de la mar violácea, encontraréis pastando unas vacas y unas robustas ovejas de Helios, que todo lo ve y lo escucha. Si dejas a éstas indemnes y velas por tu regreso, todavía podéis arribar a Ítaca, aunque sea tras sufrir daños. Pero si las dañáis, entonces te profetizo la destrucción de tu nave y de tus compañeros. En cuanto a ti, aunque la evites, llegarás tarde y mal, después de perder a todos tus compañeros, en un navío ajeno. Y encontrarás penas en tu casa, a unos hombres soberbios, que devoran tu hacienda pretendiendo a tu mujer y haciéndole regalos de bodas. Con todo, al llegar castigarás la violencia de éstos. Y, más tarde, cuando ya en tu mansión hayas dado muerte a los pretendientes, mediante una trampa o a las claras con el bronce afilado, ponte de nuevo en camino tomando un manejable remo, hasta que llegues a un pueblo que no conoce el mar ni come alimentos condimentados con sal, a unos hombres que no saben de los barcos de purpúreas mejillas ni de los remos de fácil manejo que sirven de alas a las naves”. La tercera temporada de Narcos, emitida hace poco en Netflix, pivota en torno a un secundario que atrapa la trama con una tragedia personal que parece profetizada por Tiresias: Jorge Salcedo, jefe de seguridad del cartel de Cali, confidente de la DEA. Es la historia de un hombre cuya única oportunidad es cruzar el infierno confiando salir vivo de él.

El papel, basado en un personaje real, lo encarna un estupendo Matías Varela. Este actor es un sueco, hijo de gallegos de Cambados, que se come la pantalla, a pesar de compartir protagonismo en la serie con el fantástico Pedro Pascal: cómo olvidar al Oberyn de Juego de Tronos. El chileno vuelve a interpretar al agente de la DEA Javier Peña; entre Peña y Varela, es decir, Salcedo, acaban dirimiendo la tensión argumental de una trama ahora centrada en el auge y la caída del cartel de Cali. La historia de los sucesores del emporio narco de Pablo Escobar es una excusa para continuar con el verdadero nervio de la serie, que es el combate a muerte que se produce dentro de cada uno de los individuos en torno a los que gravita la narración.

Sin Pablo Escobar, finiquitado en las dos primeras temporadas, Narcos ha dado un estirón. La serie se expande, quitándose el corsé biográfico al que estaba sometida desde su nacimiento. Sin embargo, nunca fue concebida como un biopic del archicélebre malvado de Medellín. De ahí su nombre. Narcos, en su tercera temporada, quizá defraude a los fanboys sobrevenidos de Escobar, a la legión mitómana del narcoterrorista (casi ninguno tenía más de cinco años cuando le dieron el jaque mate en aquella azotea de Medellín). Pero eso es hasta una bendición para la serie, mucho más coral ahora, y bien conducida a través de Peña, Salcedo, los magnates caleños y un puñado de excelentes secundarios.

La premisa, como en las dos temporadas previas, es sencilla: el cartel de Cali, de unas dimensiones monstruosas y con un poder omnímodo, ha alcanzado un acuerdo con el Gobierno de Colombia para el cese de sus actividades criminales. Recuerda a lo de las FARC, y desde luego el timing con la realidad no puede ser mejor. Los cuatro capos del cartel no son estridentes megalomaníacos sanguinarios como Escobar, sino traficantes de guante blanco. Pretenden dirigir el negocio como si fuesen empresarios de Wall Street, y por lo tanto, la entrega pactada con el Gobierno no es sino una pantomima pseudolegal con la que salvaguardar sus inmensas fortunas personales, blanqueándolas.

Vemos a Peña en Texas, donde tiene un aire a Aquiles: es un héroe que no puede conformarse con una existencia plácida, con una inmersión lánguida en la burocracia estadounidense. De hecho, le irritan los laureles. Quiere volver a la acción, y regresa a Colombia con la misión oficial de desarticular a los Caballeros de Cali. La cosa es que Peña es un verso suelto que pronto descubrirá el grado de podredumbre y corrupción del sistema colombiano, y sobre todo, la tela de araña mezquina de la política exterior de su propio país.

Jorge Salcedo tiene un puntito shakesperiano: es un padre de familia que trabaja para el cartel de forma temporal, sin creerse aquello de que el que entra en eso, nunca sale. De hecho, durante toda la temporada, no hace más que intentar salir, cortar los cabos que lo atan con esa vida criminal; su tragedia es que cuanto más bracea por salir del charco, más se hunde en el cieno del narco. No va armado; pretende preservar así su pureza, evitar verse en la situación de tener que mancharse las manos de sangre. Pero, como sabemos, esto es inevitable. Como Peña, es un individuo aislado, asediado: ninguno de los dos puede fiarse de nadie, pero mientras que a Peña lo envuelven en un capullo administrativo indestructible (intereses contrapuestos entre lo que se persigue realmente y lo que se proclama públicamente) a Salcedo le ponen una espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza. Literalmente.

Al final, son hombres que han de afrontar cuestiones éticas sin retorno: hacer lo que deben hacer aunque les cueste la vida, la hacienda y la honra, o no hacer nada y sin embargo, ser destruidos igualmente. Los dos son antihéroes, un tipo que puso de moda Tony Soprano y que ha cobrado fama universal desde entonces gracias a otros como Walter White o Vick Mackey. Hombres hechos de sombras, fantasmas, dibujados con colores tan claroscuros que es imposible decir si son buenos o son malos. Hombres que terminan siempre supeditando los medios a sus fines, cayendo así por la grieta que ellos mismos han abierto a su alrededor. “Yo soy, era, un buen hombre”, dice Salcedo en el cénit dramático de su personaje.

El ritmo, la música, los planos, todo en esta temporada de Narcos transmite una desasosegante sensación de inminencia. Se percibe constantemente que algo va a ocurrir. Eso se echó en falta, por ejemplo, al final de la segunda temporada, cuando la caza final de Pablo Escobar sobre los tejados de Medellín: quizá por que ya sabíamos de antemano cómo terminaba todo. Los mejores personajes de Narcos son los que tienen un código: Peña, Salcedo, dos generales íntegros de la policía colombiana, una periodista insobornable, dos buenos y fieles agentes de la DEA. Y nada más. Decía Spengler que al final, la civilización la salva un pelotón de soldados. El pelotón de Peña lo componen un puñado de individuos solitarios, amargados, melancólicos y enjaulados en una realidad bifurcada, donde ni siquiera la más eximia autoridad dice la verdad. Están sujetos, como los héroes trágicos griegos, a las reglas implacables de un mundo gobernado por fuerzas muy superiores a las suyas. Sobre todo, son un puñado de individuos repletos de demonios interiores que no los hacen buenos del todo, ni malos. Los hacen, sencillamente, humanos.

Al final Salcedo, como Odiseo, termina cumpliendo la profecía de Tiresias: ha de entregarlo todo para salvar la vida, incluso su identidad, la de sus hijas, la de su mujer. Se dice que los más preciado que tiene el hombre es la vida, pero yo no estoy de acuerdo. Un hombre sin identidad, pero vivo, no es nada. Es un paria. Salcedo ha de transigir y doblar la testuz bajo esa horca caudina con tal de arrojar muy lejos de sí la espada que amenazaba a su familia. El narco, como las sombras de la noche, aniquila toda luz, atrapa la vida de quienes se inmiscuyen en él y las deglute, convirtiéndolos en almas condenadas a vagar eternamente por la mansión del demonio. Salcedo alcanza Ítaca, que son las tres mujeres de su casa, pero no es un dulce retorno. Para Peña, tampoco. Le felicitan por la calle, es, como decían del rey Demetrio, un destructor no de ciudades, sino de carteles. ¿Y qué? Su mirada es la de un hombre vencido.

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