En la (tercera) declaración de independencia de Cataluña

27 Oct

Por tercera vez en los últimos 377 años, las élites políticas catalanas han declarado la independencia de la región. En 1640, por no querer pagarles soldados a Felipe IV de España terminaron pagándoselos a Luis XIII de Francia. E implorando, claro, que el rey español los salvara del nuevo amo. Perdieron el Rosellón y la mitad de la Cerdaña por el camino. En 1934 no había rey, sino república, pero Companys, a lomos de la bestia filofascista de ERC, rompió la legalidad vigente inventándose un Estado catalán dentro de la república federal española, que no existía. Duró una noche, tiempo suficiente para perder la autonomía. Única en España, por cierto, en aquel momento.

Carles Puigdemont se ha sumado esta tarde a la lista que empieza por Pau Clarís y sigue por Lluís Companys. El primero murió envenenado y el segundo fue detenido, primero y encarcelado, después, por la República a la que traicionó. De momento, Puigdemont sigue en libertad, aunque ya no es Presidente de la Generalidad y probablemente la semana que viene tenga que comparecer ante la Audiencia Nacional por delitos de grave consideración.

La tradición perdedora del catalanismo independentista es incontestable: es revelador que en los tiempos modernos acudan a 1714, fecha culminante de una guerra civil española en la que intervinieron notablemente potencias extranjeras para decidir una lucha en principio dinástica, para simbolizar su vinculación con el pasado. Pero su ligazón cierta con los siglos que fueron es algo mucho menos emotivo, más prosaico: por dos veces demostraron estar dispuestos arruinarse ellos y arruinar a sus vecinos con tal de llevar adelante sus propósitos delirantes y lamentablemente planificados. Ese parece ser y no otro, el verdadero hecho diferencial de la élite política catalanista. La ley se restableció la primera vez en nombre de un austria, y la segunda, por medio de un general de Tarragona. Parece que esta vez le tocará a un borbón. En todo caso, este tercer golpe contra España parece corresponder con el mismo patrón de los anteriores.

A esta hora, valientes catalanes, jóvenes y viejos, salen a la calle enarbolando la bandera rojigualda, recuerden, la de los colores de España, la del carmesí atlántico castellano y la del gualda mediterráneo aragonés, para defender su condición de ciudadanos libres y miembros de una comunidad cultural de 400 millones de personas en todo el mundo. Le han perdido, también, el respeto a los mossos, el cuerpo felón. Esto no es del todo una buena noticia, pues señala una terrible fractura social de naturaleza no sólo icónica sino también legal: más de la mitad de la población de Cataluña no se siente protegida ni segura por una policía que ha demostrado estar al servicio de una causa política determinada. Es decir, por una policía felona, subordinada a un gobierno felón, a su vez subyugada a un Parlamento mutilado y alienado, que ha cometido la peor de las felonías posibles: escupir en el nombre de millones de sus propios ciudadanos. Veremos cómo acaba la tercera tentativa aunque tomando nota de los antecedentes históricos, podemos hacernos una idea.

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