La existencia de Dios

3 Nov

Guénrij Grigorievich Yagoda fue uno de los jefes de la NKVD, la vieja Cheka que terminó rebautizándose con el paso de los años con el nombre de KGB. Sucesor de Dzerzhinski, el fundador, se empleó en su cargo con la sanguinaria tenacidad habitual entre la depravada corte bolchevique de Stalin. Era, naturalmente, ateo, como todos aquellos asesinos que sustituyeron al Dios secular por la fe mística, y semejante al catarismo medieval, del bolchevismo. Sin embargo dejó para la posteridad una nota interesante, sobre todo para quienes como el que escribe curiosean en torno a los momentos finales de los individuos y sus reacciones.

Yagoda cayó, como casi todos los instigadores, promotores y ejecutores del Gran Terror desatado sobre la Unión Soviética en 1936. Cuando registraron su apartamento moscovita, tras su caída en desgracia, encontraron las balas “con la punta aplastada” que habían sido extraídas de los cráneos de dos de los principales nombres del octubre rojo de 1917: Kamenev y Zinoviev, quienes fueron los primeros en desfilar por la trituradora de seres humanos con la que Stalin pretendió “limpiar de espías el país, peligrosamente rodeado de enemigos, con el fin de salvaguardar los grandes logros alcanzados antes de que estallara la guerra (mundial)”. Las balas habían sido “limpiadas de sangre y de fragmentos de cerebro, y entregadas a Yagoda, probablemente aún calientes”, como cuenta el historiador Simon Sebag Montefiore en Stalin, La corte del zar rojo. Yagoda las guardó en su casa “entre su colección de objetos eróticos y medias de mujer”, en una prueba más de la aparente excitación animal que suelen generar las atmósferas cargadas de muerte y peligro inminente.

En este libro se recoge un testimonio curioso de Yagoda. Era 1938 y su juicio estaba próximo. Las tragedias personales de los jerarcas que orbitaban alrededor del Zeus Stalin caprichoso, mórbido y omnipotente sucedían con pasmosa rapidez. Dice Montefiore que Yagoda, acusado más o menos oficialmente del asesinato del escritor Gorki y de su hijo (fue amante, al parecer con obsesiva determinación, de la esposa de éste), “parecía que estuviera haciendo su camino de Damasco”. Cita una confesión, preso en los tétricos sótanos de la Lubianka, donde tantas veces él atormentara a innúmeros desdichados. “Yagoda dijo al encargado de su interrogatorio: Puedes poner en tu informe a Yezhov (su sucesor al frente del NKVD y mano negra de su descenso a los infiernos) que creo que al final Dios debe de existir. De Stalin no habría merecido más que gratitud por mis leales servicios; de Dios, merecería el castigo más severo por haber violado sus mandamientos miles de veces. Mira dónde estoy ahora y juzga por ti mismo. ¿Existe Dios o no?

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