Tierra muerta

8 Nov

Sobre el velador de mármol, que llevaba toda la vida en el patio y que el resto del año servía para que tomase el vermutito, tradición inamovible que seguía conservando desde Madrid, el antiguo cabo de la 70ª Brigada del Ejército de la República Antonio Jesús Cano Junquero había puesto la decoración habitual para el Día de Muertos: el papel picado, morado y naranja, el pan de muerto, las gachas, un cuenco de huevos fritos con cebollas que era el plato favorito de su padre, una pastillita de incienso y una cuarta de vino blanco de Zacatecas. Era lo único con lo que podía honrar la memoria de su madre, a la que tanto gustaba trasegarse un poquito de manzanilla cuando guisaba. Era curioso, pero él también se había acostumbrado a aquel vino. Ya casi no podía recordar cómo olía la manzanilla de Sanlúcar. Dispuso, para rematar el conjunto, una vela color tiniebla, del mismo color que las que recordaba ordenaditas delante de las vírgenes en los palios de Sevilla, junto a los retratos de sus padres.

Cuando el hijo mayor de los vecinos entró para traerle la calaverita de azúcar de todos los años, el antiguo cabo republicano terminaba de colocar un botecito transparente lleno de tierra junto a otra foto. Era un retrato más viejo pero mejor conservado que el del adusto campesino y la rijosa matrona que observaban al anciano y al muchacho con la mirada desconfiada de la gente de antes. El niño, un chamaquito mestizo cuya piel parecía hecha de melaza pero que conservaba los ojos azules y un ramalazo rubicundo en la mata oscura del pelo, era hijo de un exiliado español, sindicalista de Jaén, y de una mexicana. Señaló sonriendo la tercera fotografía: la cara de un hombre rechoncho y cebón, calvo y con gafas de culo de botella, vestido con una guerrera oscura y que miraba sorprendido al espectador.

-¿Quién es, Antonio?

El anciano se irguió orgulloso:

-El general Miaja, Fernando.

Le tembló ligeramente la voz al añadir:

-El defensor de Madrid.

El niño, indiferente a las emociones del viejo, se quedó mirando el botecito de tierra cenicienta metida dentro de un tubo.

-¿Y eso?

El antiguo cabo de la 70ª Brigada, que había estado en el Cerro Garabitas, en el Jarama y, al final, en la Posición Jaca, recordó las nubes de fango gris que cubrían aquella playa de Gandía. Nunca supo ni siquiera el nombre, pero no podía olvidar el frío tan indecente que sentía cuando se agachó a recoger un poco de su arena justo antes de saltar sobre el esquife que lo iba a llevar al destructor británico que lo dejaría, a él y a muchos más, en Argelia. Y de allí a México. Lo llevó consigo desde entonces, junto a las tres fotografías. Souvenirs del pasado. Le puso cariñosamente la mano en la cabeza al niño, y le contestó mirando el altarcito.

-Un poco de tierra muerta, cuate. Nada más.

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