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Por la ventana del tren

9 Jun

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De Oviedo a Jerez, España es un degradado. De los morriones cantábricos orlados de esmeralda y con borlones de niebla por babero, a los campos de girasoles de la cuenca del Guadalquivir; lomas tranquilas bajo un cielo veteado en cada crepúsculo de un fulgor lleno de augurios al que es posible seguir llamando Europa.

Viena

16 Feb

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Las ciudades son como la gente. Uno empieza a conocer a los demás por la cara, por el culo, por los pies: por la forma de lo que ve. Salir del metro y otear una ciudad nueva, desconocida, es una sensación palpitante, como abrir los regalos el día de Reyes. Sigue leyendo

Estaciones: Méndez Álvaro

16 Oct

Como provinciano y pobre, lo primero que conocí de Madrid fue Méndez Álvaro. Me acordé de Manuel Alcázar llegando a la estación del Mediodía en diligencia, al principio de La busca, primer libro de una trilogía que marcó las primeras semanas de mi vida en la ciudad. Sigue leyendo

Estaciones: el Prado

27 Jul

Hacía mucho tiempo que quería escribir sobre la estaciones de mi vida. Por puro placer descriptivo y estético. Sigue leyendo

Esperando a Grouchy

23 Jun

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La tendremos, dijo Napoleón el 18 de junio de 1815 por la mañana, al ver desde Le Caillou que ninguno de los 60 mil soldados de la coalición comandada por Wellington se había movido de su sitio desde Hougomount hasta Papelotte. Y la tuvieron, naturalmente. Sigue leyendo

Cruzando el Sarónico

27 Mar

En septiembre de 2008 yo tenía 20 años y hacía segundo de Periodismo. Nos dio, a mí y a un par de amigos, por irnos una semana a Grecia. Era la segunda vez en toda mi vida que salía al extranjero. No sabía lo que hoy sé, ni de Grecia ni de la vida: no es que ahora sepa mucho, pero voy avanzando en lo de gnosti té auton.  Simplemente, sentía una atracción sorda y disparatada por Atenas y la Acrópolis. Muchas veces, después, he lamentado no haberme formado más en aquel tiempo. Jenofonte, Tucídides, Homero y Sófocles vinieron luego, Sigue leyendo

París en una calle

3 Feb

Antes de pisar París había leído, naturalmente, algunas cosas sobre ella. Crónicas de Gaziel, la primera parte de Los tres mosqueteros -libro que no he consumado, de cuya lectura el fantasma recorre encadenado mi alcoba en las noches de insomnio-, Fiesta de Hemingway, algún folletín en mi adolescencia de lecturas sin tino, y cómo no, El Conde de Montecristo. Libro que condonó mi deuda, finalmente, con el espectro pantagruélico de Dumas. A París, digo, llegué yo a través del metro. Sale uno de España renegando de lo que tiene, por la españolía esa que, ya saben, obliga (como antes obligaba a batirse la nobleza), y al primer encuentro con Francia topéme con una estación en obras; un servicio metropolitano poco intuitivo, enrevesado, y con un fulano cagando junto a las escaleras mecánicas. No obstante, al emerger en la superficie lo percibí todo con manifiesta claridad: la grandeur. Sigue leyendo

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