Tag Archives: cultura

Una fotografía vieja

30 Mar

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Observen la fotografía. La he encontrado en Twitter, esta mañana. La subió la cuenta @tzoumio, que se distingue por difundir fotografías antiguas de Grecia. Es Atenas. La foto está tomada antes de 1931, según la descripción del dueño de la cuenta. Lo que muestra es el lugar más importante del mundo antiguo: el Ágora. Sin embargo, no lo parece. Una de las muy notables observaciones que pueden extraerse de la contemplación de fotografías viejas de la capital griega es la desoladora certeza: Atenas, desde el siglo V después de Cristo, fue reduciéndose hasta deparar en aldea mediterránea. Sigue leyendo

Un español en la guerra de Francia

5 Oct

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Cuando Francia le declaró la guerra a Alemania y ordenó, el domingo 15 de agosto de 1914, la movilización general de “tout Français soumis aux obligations militaires doit, sous peine d´etre puni avec toute la rigueur des lois” (tal y como rezaba la célebre Orden de Movilización General que hoy venden en el Arco del Triunfo y en la Torre Eiffel como souvenir, en forma de cuartilla) Agustí Calvet estaba allí. Estudiando filosofía en la Sorbona y viviendo en una pensión, la de Madame Durieux, ubicada en una plaza cuyo nombre retumbaba germánicamente: de Fürstenberg, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Tenía 27 años, y la Gran Guerra, aquella “convulsión incalculable” que él compararía luego con el Diluvio Universal, lo cambió también a él; de licenciado en Filosofía y Letras con aspiraciones de erudito y académico, a periodista bajo el pseudónimo de Gaziel.  Sigue leyendo

“No lo entiendo”

9 Abr

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De Michel Eyquem, señor de Montaigne, Miguel de la Montaña como se le llamaría en España (donde el conocimiento de su obra fue furtivo, clandestino, poco relevante) no se pueden decir muchas cosas. Sigue leyendo

La ciudad ensimismada

28 Mar

Era un romano imponente y tenía la cara desencajada. Subido en lo alto de aquel corcel de madera, sostenía una lanza de punta plateada. Su mirada era feroz. Como la de un legionario aguantando una carga de los galos descamisados de Vercingetórix. O asediando Masada. La coraza brillante y el casco con el ostentoso penacho pretoriano le daban un aspecto anacrónico. Hollywoodiense. Pero era un romano de Sevilla. El cobrizo sobrio del caballo contrastaba poderosamente con el rojo fulgurante de las plumas del casco: pomposo y atemporal, como toda aquella ciudad. El jinete que alanceaba al crucificado se superponía en la mirada a las arcadas góticas de San Martín, ofreciendo al espectador un portentoso contrapicado que conseguía aplastarlo. El tribuno ecuestre estaba atrapado en la proyección de su movimiento: era una metáfora. Sevilla, la ciudad de los tesoros llenos de polvo, es la fuerza de una catedral derrumbándose cuya caída ha sido retratada, fijada, paralizada, por un pintor anónimo en ese romano a caballo. Revestida de un boato medieval, la sombra de los arbotantes que circundan la Giralda continúa proyectándose lentamente cada atardecer, conteniendo en sí misma una energía estática sin pulso. Así es esta ciudad ensimismada, absorta, barroca y decadente. Ante los crucificados de tez oscura y gesto doliente, los sevillanos siguen congregándose graves y circunspectos cada luna de abril, tomándose demasiado en serio a ellos mismos y haciendo como si el mundo, más allá del puente de Los Remedios, se hubiese olvidado de ellos. Sin embargo, son ellos quienes retroalimentan todos los años la ficción endogámica que les permite obviar el infinito universo que les rodea, manteniendo su espíritu medieval encerrado a cal y canto sobre las cuatro paredes de piedra que guardan al romano de la lanza. Como si nada importase más allá de los límites del matriarcado con fachada patriarcal bajo el que los sevillanos se protegen de las incertidumbres del progreso humano, la vieja ciudad secular descabeza una duermevela pesada de podredumbre y hastío, atenazada por sus propios hijos y amantes en la repetición mecánica de tradiciones que ya han perdido su auténtico vigor espiritual. Una estirpe de hombres y mujeres encantados de haberse conocido y en cuyos genes llevan tatuados la frase que inventen ellos asuelan, como una plaga bíblica de langostas egipcias, el fruto de una vid milenaria que, como en el Mio Cid, podría ser extraordinaria vasalla si tuviera buen señor. O señores. Pudiendo ser la Florencia española, no es Sevilla sino el esfuerzo detenido esculpido en un équite romano antiguo, obsoleto y fuera de lugar.

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