Tag Archives: Papa

Algunas perspectivas del Saco de Roma

6 May

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El 6 de mayo de hace 490 años, más de 30 mil soldados del ejército imperial de Carlos I de España y V de Alemania tomaron Roma al asalto y la ocuparon durante diez meses. Dos años antes, en 1525, ese mismo ejército había derrotado en Pavía al del rey francés Francisco I, desequilibrando la balanza italiana hacia el lado español. Un infante vasco hizo prisionero al rey de Francia, quien, cautivo en la Torre de los Lujanes de Madrid, firmó un tratado de paz que incluía la renuncia francesa al norte de Italia; un año después, ya libre, Francisco I retomó sus aspiraciones patrocinando la Liga de Cognac: una entente entre Francia, el papa Clemente VII, la república veneciana, los Sforza milaneses y los Médici florentinos, promovida por el Santo Padre. Sigue leyendo

Dios guarde a Pío XIII

30 Nov

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Todo lo que imagina, escribe y crea Paolo Sorrentino está nimbado, como las representaciones gráficas de los santos, e incluso de Dios. Su aureola tiene la cualidad tanto de lo bello como de lo profundo: sus películas contienen pequeños ensayos, a veces diminutos y majestuosos, como los que Montaigne escribía en una sola página. Le basta con un diálogo a Sorrentino para fijar una idea; sus secuencias, sus escenas, son sintéticas y sincréticas: a veces las dos cosas, a veces nada de eso. A veces sólo resultan ligeras y mundanas, como lo que parecen sus personajes. Pero en la frivolidad también hay una historia. No, no: en la frivolidad está siempre la historia. Sorrentino es profundo y frívolo, como la vida, que tiene de todo, y hasta exhibiendo lo feo, es bello, igual que el acto de vivir, inevitable a pesar de todo. Bella, frívola y honda es The Young Pope, una película desmenuzada en diez capítulos de una hora cada uno que Paolo Sorrentino le ha regalado al mundo, como si fuera una ternera sacrificial en el altar de la literatura. Sigue leyendo

“No lo entiendo”

9 Abr

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De Michel Eyquem, señor de Montaigne, Miguel de la Montaña como se le llamaría en España (donde el conocimiento de su obra fue furtivo, clandestino, poco relevante) no se pueden decir muchas cosas. Sigue leyendo

Una historia romana

16 Jun

Cuentan que el padre del celebérrimo (y sevillano) Conde-Duque de Olivares, don Enrique de Guzmán y Ribera, fue embajador de la Monarquía Hispánica en el Vaticano, allá por mil quinientos y pico, o mil seiscientos y algo. Cuentan también que por aquellas fechas, las relaciones entre la Santa Casa y España eran algo tensas, a pesar de que España era el baluarte de la cristiandad, y sus reyes derrochaban el oro y la plata de América, además del esfuerzo de los súbditos de la primera potencia de la época, en guerras de religión absurdas -y en mantener lujosas embajadas en Roma, también- y sangrantes para las arcas hispánicas. O precisamente por ello. No en vano, hacía relativamente poco que un rey español había consentido saquear la Ciudad Eterna, y esa manita pasada por la cara del Vicario de Cristo no era algo que la Santa Sede pudiera olvidar fácilmente. Era, digamos, como si el rencor se heredara generacionalmente, transmitido por la mitra y el sello.

Cuentan que el padre del Conde-Duque hacía avisar a sus ayudantes y mayordomos con el sonido de una campana. Parece ser que esto era un lujo reservado exclusivamente a los cardenales romanos: cada uno de ellos tenía su propia campanita con su sonido único e irrepetible y todo. Don Enrique, hombre soberbio, quiso adoptar esta romana costumbre para con su servicio. Era un hombre de mundo, naturalmente. Cosmopolitismo 1.0. Los cardenales romanos, muy suyos y muy de sus prebendas, pusieron el grito en el cielo. Cómo va a llegar este mindundi spanoglo figlio di puttana aquí, a nuestra casa, y va a hacerse una campanita como nosotros, para llamar a la chacha. Pero qué se habrá creído, el terrone di merda este, muerto de hambre. Que el pase VIP es nuestro, cazzo di Dio. Etcétera. El Santo Padre, el Sexto Pío, molesto por este hecho y quizá con ánimo de tensar un poco más las relaciones con España, estorbando en lo que pudiese a su representante en Roma, decidió prohibir el uso de este instrumento en todas las dependencias vaticanas, impidiendo así la rutina del embajador español.

Cuentan que nuestro hombre en Roma, ni corto ni perezoso, se hizo instalar un pequeño cañón de artillería en sus aposentos. Cada vez que quería llamar a algún ayudante, apuntaba al cielo de la Caput Mundi y lanzaba cañonazos estruendosos hasta que sus peticiones eran atendidas. Imagínense el cuadro, en una ciudad ya de por sí de nervio ligero, habituada a incursiones, ejecuciones públicas, saqueos, bandolerismo, escraches públicos y privados, y toda la parafernalia propia de un far west sin más ley que la que dictaban las grandes familias patricias y los cuerpos militares que acompañaban a los embajadores. En esto destacaban sobremanera los españoles, potencia hegemónica de la época, que gobernaban a su antojo las calles de la ciudad usando el arcabuz y la zanahoria, con lo que se pueden figurar lo apreciados que éramos por aquel entonces en Italia los hijos de Iberia. Cada cañonazo encogía más de un esfínter, sobre todo los de Sus Ilustrísimas. Y más viniendo del consulado español: poca broma, amici. Por entonces todavía no éramos los quiero y no puedo de hoy. Asustábamos.

Cuentan que el Papa, a punto de perder la audición y medio loco por el zumbido de los cañonazos, retiró la prohibición y consintió en que el padre del Conde-Duque de Olivares utilizara la campanita cada vez que necesitara la atención de algún mayordomo. Cobra valor esta anécdota si la comparamos con el estado actual de la diplomacia española, llamada eufemísticamente relaciones exteriores. Es interesante esto de los nombres: el ministerio de la guerra ya no es tal, sino de Defensa. La terminología nos indica un retroceso tanto material como espiritual. Antes estábamos preparados para hacer la guerra, lo que señalaba una predisposición positiva, animosa, de la nación. Ahora hemos de defendernos y relacionarnos con el exterior, asumiendo la inferioridad desde el mismo uso de las palabras con las que designamos las funciones de nuestro Estado. Piensen en Moratinos afirmándose ante sus homólogos británicos con la altanería del padre del Conde-Duque. O a Rajoy negociando los términos de un nuevo Concordato con el Vaticano. Lo único que encañonaría el cielo de Roma, en tal situación, sería el puro de Mariano, tan satisfecho de sí mismo. Tan complacido.

Edificante, ¿verdad?

La silla excremental

4 Feb

Me considero un hombre escéptico, o al menos así me gusta creerlo. Sin embargo hoy he interpretado una noticia como si de una señal del Universo se tratase. Paco González, el hombre del pelo transgénico, y Manolo Lama, periodista versado en el innoble arte de la indigencia intelectual, estrenarán columna próximamente en ABC. Ahora sé cómo se sintió el primer poblador del valle de Aztlán que vio un jaguar muerto en un claro de la selva durante la primera luna de 1521: el cosmos lo estaba previniendo. Siento en este momento la caricia de Tlaloc. Sigue leyendo

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