Tag Archives: Rajoy

Aquel que nos gobernó, que era tan bueno

14 Nov

Suele ocurrir que el pasado más o menos lejano se nos proyecta como una idealización, sobre todo si contrasta con un presente farragoso y gris o se le opone un precedente inmediato grotesco. Lo observo cada vez que se menciona, en público o en privado, a José María Aznar. Sigue leyendo

Carne de cañón

2 Oct

Si el plan del Gobierno era confiar en que los mossos tuviesen controlados todos los colegios electorales identificados previamente, cumpliendo así la resolución judicial, adoleció de una gravísima falta de previsión. Sigue leyendo

Tercera carta a los macabeos

20 May

La tercera carta en llegar a mi buzón es la del Partido Socialista Obrero Español. Sigue leyendo

Duro de serie B

7 Ago

Todos los gobiernos de la democracia han azuzado el espantajo de Gibraltar cada vez que sus índices de popularidad asomaban por Liliput. Detrás del espantapájaros vestido de rojigualda que nuestros políticos agitan cada cierto tiempo, muy fuerte y con mucho algarazo, viene una procesión de figurantes que parecen sacados de una película de Berlanga. Yo no sé dónde se esconde tanto patriota entre medias, cuando Gibraltar deja de ser el destino histórico de nuestra nación y desaparece de la actualidad mediática española. Si no llega a ser por los recientes éxitos de la selección nacional de fútbol, hubiese creído que toda esa pulsión nacionalista no es más que una legión de extras sacados de algún estudio cinematográfico, a 50 euros el día de españolía ardorosa. Son entrañables. La zona límbica del demiurgo colectivo español tiene todavía un sensor que se activa cada vez que el nombre de Gibraltar resuena por alguno de sus recodos. Somos como un vitorino al que le agitan un trapo rojo delante de los ojillos miopes: allá vamos, embistiendo atolondrados, como si del ¡Gibraltar, español! que farfullamos a boca llena, casi ahogándonos de la rabia, dependiese la última carga de la brigada de caballería que salvará nuestro honor como país. Honor que parece importarnos más bien poco cuando otras cuestiones despejan el horizonte y nos acercan la realpolitik patria, nuestra liga, que diría un entrenador cagón de equipo de provincias. Entonces no nos enervamos, y la hidalguía de telediario que nos hincha la vena y saca al Cid que todos llevamos dentro se hace, de pronto, arteria huidiza de heroinómano. Somos muy facilones. Rajoy se ha puesto a mirar muy serio y muy ceñudo hacia el Peñón, como queriendo infundir de golpe todo el respeto que España se ha ido dejando, como harapos de un antiguo y lustroso uniforme de paseo lleno de charreteras mohosas, colgado por cada una de las aristas de la roca gibraltareña. A quién pretendemos engañar, Mariano. A estas alturas de la película. La pose de duro, malote de serie B, del Gobierno -aun teniendo razón en sus reclamaciones- llega con un par de siglos de retraso: la cofradía de piratas hermanados en la turbiedad del lodazal fiscal que anida bajo la Union Jack en las aguas del Estrecho no tiene más que echar un vistazo por encima de la verja para partirse el culo con todos nosotros.

Una historia romana

16 Jun

Cuentan que el padre del celebérrimo (y sevillano) Conde-Duque de Olivares, don Enrique de Guzmán y Ribera, fue embajador de la Monarquía Hispánica en el Vaticano, allá por mil quinientos y pico, o mil seiscientos y algo. Cuentan también que por aquellas fechas, las relaciones entre la Santa Casa y España eran algo tensas, a pesar de que España era el baluarte de la cristiandad, y sus reyes derrochaban el oro y la plata de América, además del esfuerzo de los súbditos de la primera potencia de la época, en guerras de religión absurdas -y en mantener lujosas embajadas en Roma, también- y sangrantes para las arcas hispánicas. O precisamente por ello. No en vano, hacía relativamente poco que un rey español había consentido saquear la Ciudad Eterna, y esa manita pasada por la cara del Vicario de Cristo no era algo que la Santa Sede pudiera olvidar fácilmente. Era, digamos, como si el rencor se heredara generacionalmente, transmitido por la mitra y el sello.

Cuentan que el padre del Conde-Duque hacía avisar a sus ayudantes y mayordomos con el sonido de una campana. Parece ser que esto era un lujo reservado exclusivamente a los cardenales romanos: cada uno de ellos tenía su propia campanita con su sonido único e irrepetible y todo. Don Enrique, hombre soberbio, quiso adoptar esta romana costumbre para con su servicio. Era un hombre de mundo, naturalmente. Cosmopolitismo 1.0. Los cardenales romanos, muy suyos y muy de sus prebendas, pusieron el grito en el cielo. Cómo va a llegar este mindundi spanoglo figlio di puttana aquí, a nuestra casa, y va a hacerse una campanita como nosotros, para llamar a la chacha. Pero qué se habrá creído, el terrone di merda este, muerto de hambre. Que el pase VIP es nuestro, cazzo di Dio. Etcétera. El Santo Padre, el Sexto Pío, molesto por este hecho y quizá con ánimo de tensar un poco más las relaciones con España, estorbando en lo que pudiese a su representante en Roma, decidió prohibir el uso de este instrumento en todas las dependencias vaticanas, impidiendo así la rutina del embajador español.

Cuentan que nuestro hombre en Roma, ni corto ni perezoso, se hizo instalar un pequeño cañón de artillería en sus aposentos. Cada vez que quería llamar a algún ayudante, apuntaba al cielo de la Caput Mundi y lanzaba cañonazos estruendosos hasta que sus peticiones eran atendidas. Imagínense el cuadro, en una ciudad ya de por sí de nervio ligero, habituada a incursiones, ejecuciones públicas, saqueos, bandolerismo, escraches públicos y privados, y toda la parafernalia propia de un far west sin más ley que la que dictaban las grandes familias patricias y los cuerpos militares que acompañaban a los embajadores. En esto destacaban sobremanera los españoles, potencia hegemónica de la época, que gobernaban a su antojo las calles de la ciudad usando el arcabuz y la zanahoria, con lo que se pueden figurar lo apreciados que éramos por aquel entonces en Italia los hijos de Iberia. Cada cañonazo encogía más de un esfínter, sobre todo los de Sus Ilustrísimas. Y más viniendo del consulado español: poca broma, amici. Por entonces todavía no éramos los quiero y no puedo de hoy. Asustábamos.

Cuentan que el Papa, a punto de perder la audición y medio loco por el zumbido de los cañonazos, retiró la prohibición y consintió en que el padre del Conde-Duque de Olivares utilizara la campanita cada vez que necesitara la atención de algún mayordomo. Cobra valor esta anécdota si la comparamos con el estado actual de la diplomacia española, llamada eufemísticamente relaciones exteriores. Es interesante esto de los nombres: el ministerio de la guerra ya no es tal, sino de Defensa. La terminología nos indica un retroceso tanto material como espiritual. Antes estábamos preparados para hacer la guerra, lo que señalaba una predisposición positiva, animosa, de la nación. Ahora hemos de defendernos y relacionarnos con el exterior, asumiendo la inferioridad desde el mismo uso de las palabras con las que designamos las funciones de nuestro Estado. Piensen en Moratinos afirmándose ante sus homólogos británicos con la altanería del padre del Conde-Duque. O a Rajoy negociando los términos de un nuevo Concordato con el Vaticano. Lo único que encañonaría el cielo de Roma, en tal situación, sería el puro de Mariano, tan satisfecho de sí mismo. Tan complacido.

Edificante, ¿verdad?

El festín de los cuervos

12 Ene

Juega hoy el Madrid en El Sadar, e ignoro si algún gobierno extranjero destina una partida de sus presupuestos generales a subvencionar la lucha constante y pertinaz de muchos españoles por demostrar que la indigencia mental también es un hecho diferencial e identitario, como sí que hace el gobierno de Mariano Rajoy con, por ejemplo, la “promoción del derecho a la educación inclusiva e intercultural a lo largo de toda la vida de las mujeres indígenas de Guatemala”. 470.000 eurazos del ala, nada menos. Sigue leyendo

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